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Libros UNAM

Operación Masacre

Operación Masacre

 

ISBN: 9786073008969

Autor(es): Walsh, Rodolfo

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Dirección General de Publicaciones / Dirección de Literatura

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

MXN$250
ISBN/ISSN 9786073008969
Entidad Académica Dirección General de Publicaciones
Edición o Número de Reimpresión 1a edición, año de edición -2018-
Tema Literatura universal
Colaborador Dirección de Literatura
Número de páginas 224
Tamaño 20.5 x 14 x 1.4
Terminado o acabado rústico
Idioma Español
Contenido Índice
Prólogo
Primera parte. Las personas
1. Carranza
2. Garibotti
3. Don Horacio
4. Giunta
5. Díaz: dos instantáneas
6. Lizaso
7. Alarmas y presentimientos
8. Gavino
9. Explicaciones en una embajada
10. Mario
11. «El fusilado que vive»
12. «Me voy a trabajar...»
13. Las incógnitas
Segunda parte. Los hechos
14. ¿Dónde está Tanco?
15. Donde verdaderamente se combate...
16. «A ver si todavía te fusilan...»
17. «Pónganse contentos»
18. «Revoluzione...»
19. Que nadie se equivoque...
20. ¡Fusilarlos!
21. «Le daba pecado...»
23. Siniestro basural
24. La matanza
25. El tiempo se detiene
26. El fin de una larga noche
27. El ministerio del miedo
28. Una imagen en la morgue
29. «Te llevan»
30. Un muerto pide asilo
31. La guerrilla de los telegramas
32. Lo demás es silencio...
Tercera parte. La evidencia
33. Los fantasmas
34. Fernández Suárez confiesa
35. El expediente Livraga
36. La justicia ciega
Epílogo

Detalles

En 1956, Rodolfo Walsh, un joven escritor argentino que hasta
entonces apenas se había distinguido por algunos cuentos de corte
policiaco, se enteró de una historia extraordinaria cuando un hombre
le dijo: “Hay un fusilado que vive”. A partir de esa insólita frase,
Walsh comenzó una ardua investigación que lo llevaría a escribir una
de las piezas fundamentales –y, hasta ahora, un tanto secretas– de
la literatura del siglo xx: Operación Masacre. Valiéndose tanto de su
experiencia periodística como de su pasión literaria, Walsh se dio
a la tarea de esclarecer un fusilamiento clandestino llevado a cabo
por la dictadura cívico-militar de la llamada Revolución Libertadora.
Walsh se entrevistó con los distintos protagonistas del caso, investigó
las circunstancias del fusilamiento, tramó un apasionante relato y se
atrevió, con enorme valentía, a señalar con nombres y apellidos a los
culpables de los asesinatos.

Walsh, Rodolfo

Rodolfo Walsh (Choele Choel, 1927-desaparecido en 1977) se ha convertido en una de las figuras más importantes de las letras argentinas y de la literatura y el periodismo hispanoamericanos en general. Autor de relatos policíacos notables por su rigor formal, a los 30 años, con la publicación de Operación Masacre, Walsh se erigiría como emblema del escritor latinoamericano militante y comprometido con las causas sociales, lo que finalmente conduciría a su desaparición forzada, a manos de la dictadura militar argentina. Fue autor de novelas, reportajes, volúmenes de cuentos, obras teatrales, antologías narrativas y relatos sin ficción entre los que puede mencionarse: Antología del cuento extraño (1954), Los oficios terrestres (1965), Un kilo de oro (1967) y ¿Quién mató a Rosendo? (1969). El 24 de marzo de 1977, un día antes de su desaparición, Walsh envió a los periódicos argentinos y a algunos medios internacionales su célebre "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar", en la que denuncia los excesos y las injusticias cometidos por el régimen castrense durante el primer año de su dictadura. 1315

1. Carranza Nicolás Carranza no era un hombre feliz, esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba, y en la tumba de Nicolás Carranza ya está reseca la tierra. Por un momento, sin embargo, pudo olvidar sus preocupaciones. Tras el azorado silencio inicial, un coro de voces chillonas se alzó para recibirlo. Seis hijos tenía Nicolás Carranza. Los más pequeños se habrán prendido a sus rodillas. La mayorcita, Elena, habrá puesto la cabeza al alcance de la mano del padre. La ínfima Julia Renée —cuarenta días apenas— dormitaba en su cuna. Su compañera, Berta Figueroa, alzó los ojos de la máquina de coser. Le sonrió con mezcla de pena y alegría. Siempre era igual. Siempre llegaba así su hombre: huido,nocturno,fugaz. A veces se quedaba una noche, después desaparecía las semanas. Por ahí le hacía llegar un mensaje: estaba en casa de tal amigo. Y entonces era ella quien iba a su encuentro,dejando los chicos a alguna vecina, y pasaba con él unas horas transidas de temor, de zozobra, de la amargura de tener que dejarlo y esperar el lento paso del tiempo sin noticias suyas. Era peronista Nicolás Carranza. Y estaba prófugo. Por eso, cuando en furtivos regresos como este algún chico del barrio le gritaba al encontrarlo: —¡Adió, don Carranza!... Él apresuraba el paso y no contestaba. —¡Eh, don Carranza...! —lo seguía la curiosidad. Pero don Carranza —silueta baja y maciza en la noche— se alejaba rápidamente por la calle de tierra, levantando hasta los ojos las solapas del sobretodo. Y ahora estaba sentado en el sillón del comedor, hamacando en las rodillas a Berta Josefa, de dos años, y a Carlos Alberto, de tres, y acaso a Juan Nicolás, de cuatro —toda una escalera de pibes tenía don Carranza—, hamacándolos e imitando el fragor y el silbato de una locomotora, porque tales eran los juegos que podía comprender un chico en esa barriada ferroviaria. Después habrá conversado con la preferida Elena, de once años —alta y espigada para su edad, grandes ojos pardos—, y le habrá contado algo de sus andanzas mezclado con algo de fábula risueña, y le habrá interrogado con preocupación, con miedo, con ternura, porque, la verdad, se le hacía un nudo en el corazón cada vez que la miraba, desde que estuvo presa. Presa durante varias horas, aunque parezca cuento, la tuvieron en Frías (Santiago del Estero) el 26 de enero de 1956. El padre la había dejado allí el 25 con familiares de la madre, aprovechando uno de sus viajes regulares en la línea al Norte del Belgrano, donde trabajaba como camarero, y había seguido de largo. En Simoca, provincia de Tucumán, lo detuvieron por una denuncia de distribuir panfletos que nunca llegó a probarse. A las ocho de la mañana siguiente la sacaron a Elena de la casa de sus parientes, la llevaron sola a la comisaría y la interrogaron durante cuatro horas. ¿Llevaba panfletos su padre? ¿Era peligroso su padre? ¿Era peronista su padre? ¿Era un delincuente su padre? Se enloqueció don Carranza cuando supo la noticia. —A mí, a mí que me hagan cualquier cosa. Pero a una criatura... Rugía y sollozaba. Se les disparó en Tucumán. Y seguramente desde entonces asomó un brillo peligroso en la mirada de este hombre de rostro firme y despejado, que antes era de ánimo alegre, aficionado a las diversiones y amigo preferido de todos los chicos del barrio, propios y ajenos. Cenaron todos juntos esta noche del 9 de junio en esa casa del barrio obrero de Boulogne. Después acostaron a los chicos y quedaron solos, él y Berta. Ella le habló de sus penas, de sus preocupaciones. ¿El ferrocarril no les quitaría la casa, ahora que él estaba cesante y prófugo? Era una buena casa, de material, con flores en el jardín, y allí entraban todos, hasta un par de muchachas fabriqueras que había tomado como pensionistas para ayudarse. ¿Con qué iban a vivir ella y los chicos si se la quitaban? Le habló de sus temores. Siempre ese temor de que lo agarraran una noche cualquiera y lo golpearan en cualquier comisaría hasta dejarlo idiota. Y le repitió el eterno ruego: —Entrégate, entrégate... Si te entregás, a lo mejor no te pegan. Y de la cárcel se sale, Nicolás, se sale... Él no quería. Se refugiaba en afirmaciones duras, secas, definitivas: —No he robado. No he matado. No soy un delincuente. La pequeña radio, sobre la repisa del aparador, transmitía una música popular. Tras un largo silencio Nicolás Carranza se levantó, descolgó el sobretodo de la percha y lentamente se lo puso. Ella volvió a mirarlo con expresión resignada. —¿Dónde vas? —Tengo que hacer. A lo mejor vuelvo mañana. —No dormís acá. —No. Esta noche no duermo acá. Entró en el dormitorio y fue besando a todos los chicos uno por uno: Elena, María Eva, Juan Nicolás, Carlos Alberto, Berta Josefa, Julia Renée. Después se despidió de su mujer. —Hasta mañana. Le dio un beso, salió a la vereda y dobló a la izquierda. Cruzó la calle B, apenas unos pasos, y se detuvo frente a la casa 32. Llamó a la puerta

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