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Libros UNAM

Épica náhuatl

Épica náhuatl

 

ISBN: 9786073006194

Autor(es): Garibay K., Ángel María (selección, introducción y notas)

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Coordinación de Humanidades

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

MXN$110
ISBN/ISSN 9786073006194
Entidad Académica Coordinación de Humanidades
Edición o Número de Reimpresión 5a edición, año de edición -2018-
Tema Literatura mexicana
Número de páginas 104
Tamaño 17.5 x 10.5 x 1
Terminado o acabado rústico
Idioma Español
Contenido Introducción, Ángel María Garibay K. VII

I. TEMAS SAGRADOS
Creación de las cosas 3
Poemas solares 8
Fragmentos de poemas de Tláloc y Xochiquétzal 16
II. CICLO TENOCHCA
Poema de Mixcóatl 21
Quetzalcóatl en Tula 31
Huida de Quetzalcóatl 40
Poema de Huitzilopochtli 43
III. CICLO TEZCOCANO
Poema de Quetzalcóatl 57
Poema de Ixtlilxóchitl 61
Poema de Nezahualcóyotl 66
Poema de Chalco 71
IV. CICLO TLAXCALTECA
Ciclo tlaxcalteca 73
Notas explicativas 77
Referencias bibliográficas 95

Detalles

Poemas que narran la vida y las andanzas de Tláloc y Xochiquétzal, de Mixcóatl, de Quetzalcóatl, Huitzilopochtli, Nezahualcóyotl, dioses, gobernantes, nobles guerreros, protagonistas de una cosmogonía y una historia real o inventada; personajes todos ellos mitificados o producto de la fantasía, conforman esta breve muestra de la poesía épica de los pueblos nahuas, dividida en tres ciclos: Tenochca, Tezcocano y Tlaxcalteca; además de ser una selección con poemas de carácter épico sacro.
El estudio y selección de esta forma de poesía indígena quedó bajo el cuidado del distinguido filólogo y notable investigador de la lengua y literatura náhuatl Ángel María Garibay (1892-1967). Este volumen de la Épica náhuatl complementa la muestra presentada por el mismo estudioso en Poesía indígena de la altiplanicie, en esta misma colección.

Garibay K., Ángel María (selección, introducción y notas)

(Toluca, 1892-Ciudad de México, 1967) Estudió en el Seminario Conciliar de México, donde hizo su carrera eclesiástica. Aprendió náhuatl, otomí, latín, griego, hebreo, inglés, francés y alemán. Fue sacerdote y su interés por los pueblos originarios de México lo llevó no sólo al estudio de la historia y las costumbres, sino también a colaborar de manera activa con los indígenas de la región donde era párroco, como en la organización de pequeñas industrias y la introducción de servicios públicos. Además de dedicarse a su vocación humanista en la investigación y la enseñanza de humanidades y retórica. Fue miembro honorario, y luego numerario, de la Academia Mexicana del Lengua. Asimismo fue nombrado doctor honoris causa por la UNAM. Entre sus obras fundamentales se encuentra la Épica náhuatl.

Literatura náhuatl. INTRODUCCIÓN 1 De los veinte códices ciertamente prehispánicos que poseemos, sea íntegros, sea en parte, sólo de dos puede afirmarse que son de carácter histórico. Ellos no pertenecen a la cultura nahuatlaca, sino a la mixteca, pero son una buena muestra de cómo hayan sido los de carácter similar entre los pueblos de esta lengua. La forma, la técnica, la misma disposición artística, con las necesarias diferencias peculiares, vienen a ser idénticas en todos los libros de la antigüedad que llegaron a nuestro conocimiento. La concepción de la historia, sin embargo, en los pueblos indígenas tiene que ser totalmente distinta de la occidental y, con mayor razón, de la fría, descarnada y sistemática de tenor científico de nuestros tiempos. Más que historia, contienen leyenda y mitología: los dioses y los hombres se entremezclan, los dioses se hacen hombres, o se revisten de caracteres antropomórficos, los hombres se elevan a la apoteosis y de todo ello resulta una síntesis que, poco útil para la historia, es del pleno dominio de la creación poética, en su estricto sentido etimológico. Va la fantasía siempre en pos del mito y la historia misma se pierde en una niebla dorada de belleza. Error ha sido tomar como base perfecta de historia lo que es precioso documento de creación de la fantasía, con bases en los hechos ciertamente, pero que no reproduce los hechos, sino la concepción de ellos. Entran, por lo mismo, en el campo de la creación artística y son documentos literarios. De códices como éstos sacaron los escritores de las antiguas crónicas, tales como Tezozómoc, Ixtlilxóchitl, Muñoz Camargo, los informantes del padre Sahagún, la mayor parte de sus relatos. Pero los códices eran insuficientes: más que libros, eran medios de excitar y fijar la memoria. No se leían, se relataban. Visto el libro -amatl-, o más exactamente, la pintura -tlacuilolli-, el lector iba refiriendo y relatando la leyenda escondida bajo las imágenes y signos simbólicos del pinacograma. Era necesaria una fijación mnemónica y el metro y la música ayudaron a forjarla, como en todas las culturas literarias al comenzar. De ahí nació el cantar, poema, relato, o relación, como se llamará, con frecuencia, la lectura comentada de lo que el códice decía. No en vano la palabra náhuatl que expresa nuestra idea de leer corresponde a la de contar, sea enumerando, sea narrando: pohua. Bien pronto el cantar se libertó de la sujeción a la pintura. Corrió por su camino, como cosa viva, y se fue transmitiendo de boca en boca. Una de las ocupaciones de los sacerdotes era conservar, componer, enseriar, recoger y volver a difundir aquellos cantares. Cuando el alfabeto salvador conquistó a los indios, más que las armas derruidoras, los cantares fueron recogidos en su lengua; algunos fueron aprovechados para la narración del pasado. Y pinturas y cantares, corno un lugar común, son siempre citados en las antiguas escrituras corno fuentes de la narración. Si son de valor histórico o no, no es el punto que ahora estudiamos: nadie puede negar que sean documentos que nos guardan, ya en la lengua original, ya en la lengua castellana, vertidos de su primitiva redacción, los conceptos legendarios de los hechos que la fantasía había revestido de belleza, y, elevando en la creación estética la realidad humana, había hecho entrar en el dominio de lo que no muere la humilde vida de los indios, hecha heroica por el canto. Tenemos derecho a hablar, por consiguiente, de una épica prehispánica. En este lugar sólo vamos a concretar nuestro estudio a la que se guardó en lengua náhuatl, o de ella se trasvasó al castellano. Habiendo, como hay, en otras lenguas -el maya, por ejemplo-, materia épica, la dejamos a un lado. Y aun así, resultará deficiente lo que este volumen contiene en comparación de lo mucho que pudiera abarcar. La discreción y el plan de esta Biblioteca exige que pongamos límites estrechos. 2 Al azar tomaremos, para dar un ejemplo del sistema de fijación de hechos mediante las figuras, la plana 69 del Códice Nuttll. En este bello ejemplar de los libros prehispánicos se narran y celebran los hechos de un cacique de nombre calendárico 8-Venado. En esta plana vemos al caudillo, tras una larga serie de conquistas, llegar a un templo, presentando una ofrenda. Bajo él se pone, en bello cuadro simbólico, el doble sacrificio que hace: a la lucha eterna y victoriosa del sol sobre las tinieblas y a la sombra vencida, pero compañera del hombre más allá de la muerte. Después del día 12-Conejo, del año 8-Conejo, es decir, el 1474 a.D., se presentan el águila y el tigre en lucha feroz. Sigue la víctima dada a la tierra y la consagrada al sol. La primera es una bestia, perro al parecer, que borbota sangre; la segunda es un hombre, a quien el sacrificador abre el pecho, según la conocida usanza, aunque sin el concurso de los auxiliares. Entre ambas víctimas un rojo personaje, langostiforme más bien que serpentino, viene a beber con avidez la sangre. Las figuras hoy apenas nos dicen algo, y eso tras muchas suposiciones y conjeturas. Podemos imaginar al cantor, que con el códice ante los ojos decía: Victorioso llega el gran caudillo -Venado. Siempre religioso, amante de los dioses, en sus manos lleva el pedernal del sacrificio. Mientras persiste interminable la lucha entre el sol, que como águila se levanta cada mañana y cae cada tarde, y la tierra, tigre feroz que anhela acabar con el sol, nuestro caudillo hará el doble sacrificio: a la tierra, la sangre que un día en la morada de la muerte nos llevará invencibles; al sol, la sangre humana que bebe anhelante. Allí está el mensajero del sol, la azulada serpiente que baja, encogiendo sus miembros y volando como langosta, para beber el rojo licor sagrado que da la vida a los dioses. Texto de encomio a la vez que de edificación y de alta unción sagrada. Este verosímil ensueño nos hace vislumbrar cuál podría ser la amplia ocasión que los sacerdotes tenían para volar en las alas de su estro particular. Mitad lectura, mitad improvisación, la narración salida de sus labios y unida al canto tuvo que parecer a los oyentes y espectadores como una de las manifestaciones de aquel poder mágico que veían en sus sabios hombres dedicados al culto de las divinidades, al mismo tiempo que de los conocimientos. Aquí más bien hemos adivinado que interpretado. Pasemos al segundo orden de fuentes conservadas: los manuscritos en lengua náhuatl tomados de la lectura de los códices y de la tradición de los cantos. Hallamos en Sahagún -mina siempre inexhausta- el famoso poema de Quetzalcóatl. Hay que ver las etapas que siguió bajo su pluma. El padre redactó en su Historia general' la "relación de quién era Quetzalcóatl... dónde reinó y de lo que hizo cuando se fue". En el Manuscrito de Florencia hallamos la base de esta relación dividida de manera similar al texto castellano y acompañada de figuras, que son como la reproducción de un códice y que quizá, en efecto, de un códice fueron copiadas. Si retrocedemos al Manuscrito del Palacio Real de Madrid, hallamos largas veintiséis páginas del texto sin división alguna, como de un relato único, y sólo al margen percibimos las acotaciones que indican los capítulos, hechas a manos del tembloroso fraile. Bien marcadas están las etapas en este terreno: el códice, el cantar acompañante del códice, la división del cantar, de manera que dé entrada a la que quiere ser historia, y, al fin, la historia pasada a la lengua de los conquistadores. En otros casos no se siguió todo el proceso, o no nos queda testimonio. Hay la Leyenda de los Soles, publicada por Del Paso y Troncoso, de un manuscrito de 1558, sustancialmente idéntica al Códice Chimalpopoca, o Anales de Cuauhtitlan. En este documento hallamos la letra en náhuatl y vagas referencias a un códice que el redactor tiene a la vista. Como he de hacer ver abajo, tanto el poema de Quetzalcóatl, como la mayor parte del manuscrito de la Leyenda están en verso. En el presente caso nos ha faltado el primero y el último eslabón de la cadena: esto es, el códice en figuras y la versión en castellano. Llegamos al tercer caso: no hay sino la traducción castellana. Pero a través de ella percibimos un texto en lengua indígena, y en muchos casos el autor mismo de la narración en español se encarga de decirnos que la tomó de "pinturas y cantares". Tal es el caso de Ixtlilxóchitl, de Tezozómoc y de Muñoz Camargo, para citar únicamente los más conocidos. Aquí hallamos la materia épica en nuestra propia lengua, tomada como materia de historia. Lamentable es que se haya tenido por historia lo que era solamente prosificación de la leyenda heroica: lo que cantaban los trovadores y cuicanime de las cortes de Tezcoco, Tenochtitlan y Tlaxcala o Huexotzinco, fue tomado por documento histórico. Era apenas canto épico. Caso, por lo demás, bien comprobado en nuestra misma literatura castellana, como a la saciedad ha probado Menéndez Pidal. Puede ver el estudioso dos deducciones que brotan de estas reflexiones: tenemos fuentes documentales suficientes para conocer los cantos épicos de la antigua cultura indígena en la zona nahuatlaca, y espera al laborioso un gustoso campo de estudio casi inexplorado. Mucho puede descubrir quien se aventure por los, en apariencia, embrollados relatos de Ixtlilxóchitl, por ejemplo, o quien tratare de hacer la investigación de las bases de información de las leyendas de Tezozómoc o Durán. Este estudio hemos procurado hacerlo, pero no es el presente el lugar de proponer las conclusiones a que hemos llegado. Algo de ello, sin embargo, va en las líneas que siguen.

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