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Libros UNAM

Modernidad, crisis y crítica

Modernidad, crisis y crítica

 

ISBN: 9786070271670

Autor(es): Gandarilla Salgado, José Guadalupe

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

Special Price MXN$210

Precio Habitual: MXN$300

ISBN/ISSN 9786070271670
Entidad Académica Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades
Edición o Número de Reimpresión 3a edición, año de edición -2015-
Tema Sociología
Número de páginas 260
Tamaño 21 x 14 x 1.5
Terminado o acabado rústico
Idioma Español

Detalles

Este libro trata de analizar los proyectos societales que se ponen en disputa bajo las lógicas de despliegue de la modernidad/colonialidad. Con tal consideración del tiempo histórico que nos toca vivir, la realidad se nos ofrece como una permanente encrucijada en que la posibilidad de lo utópico que puede alojarse en el futuro y la redención del pasado y la memoria que actualiza y politiza el presente evaden sucumbir a cualquier capitulación del sujeto.
El autor no solo opta por una opción esperanzada para el trato de lo político, al mismo tiempo adopta un análisis fundamentado de lo económico, y lo hace con un enfoque que pone en su punto de mira y procura articular los temas de la historia, la sociedad, la filosofía política y las teorías críticas, de modo tal que quede mejor expuesta (en su complejidad) la problemática situación en que, como humanidad, nos hallamos involucrados.
La modernidad capitalista incapaz de superar su crisis exige ser leída desde una perspectiva que ilumine la condición de colonialidad, pues es en dicha dimensión que se expresan en un sentido más pleno sus alcances y posibles derroteros, nuestro lugar de enunciación es el de un inusitado protagonismo trágico pues quizá sea en nuestro territorio y en la nación mexicana en que tal simbiosis se revela actualmente de manera más bárbara, inhumana y salvaje.

Gandarilla Salgado, José Guadalupe

Doctor en Filosofía Política por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Investigador Titular B, Definitivo, del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido profesor en las facultades de Economía, Ciencias Políticas y Sociales y Filosofía y Letras de la UNAM y profesor invitado en otras universidades del extranjero. Su obra Asedios a la totalidad. Poder y política en la modernidad, desde un encare de-colonial (Barcelona, Anthropos Editorial/CEIICH-UNAM, 2012, 354 pp.), obtuvo Mención Honorífica en la 8a edición del Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2012, y obtuvo el Premio Frantz Fanon 2015 al trabajo destacado en pensamiento caribeño (The Frantz Fanon Award for Outstanding Book in Caribbean Thought) de la Asociación Filosófica del Caribe. Sus más recientes libros son Universidad, conocimiento y complejidad. Aproximaciones desde un pensar crítico (La Paz, CIDES-UMSA, 2014) y, como compilador, América y el Caribe en el cruce de la modernidad y la colonialidad (México, CEIICH-UNAM, 2014). Se desempeña actualmente como Secretario Académico del Programa de Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM, y dirige De Raíz Diversa. Revista especializada en Estudios Latinoamericanos.

Prefacio a la edición mexicana Los sucesos que han ensombrecido la historia de nuestro país en los últimos meses, y que tuvieron por origen los eventos represivos que la noche del 26 de septiembre de 2014 cobraron la vida de seis personas, en el municipio de Iguala, del estado sureño de Guerrero, y que no se redujeron a eso sino que abrieron un episodio aun insaldable que jurídicamente ha configurado el caso de "desaparición forzada" de un grupo de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural "Raúl Isidro Burgos", situada en el poblado de Ayotzinapa, del mismo estado, comparecen como síntoma de una crisis que afecta a nuestro país desde hace décadas pero que hoy parece especialmente agudizada o profundizada. A casi un año de ocurridos estos sucesos siguen expresándose como razones suficientes para que nos veamos increpados no solo por el dolor y la rabia sino obligados a extraer de ellos motivos de exigencia para virar el rumbo, para detener esta vorágine de irracionalidad y violencia, propia de una situación no sólo de guerra a secas, sino de una guerra global de clases, en el marco de un capitalismo cada vez más cuestionable, una vez que ha experimentado en varios de sus costados la ampliación de su crisis, y que no obstante relanza su programa, esta vez en la forma de un "neoliberalismo de ocupación" sobre la base de una "colonialidad exacerbada". El dolor por los desaparecidos y el procesamiento de la ausencia de los reprimidos y finalmente asesinados, en el caso de los padres y de los familiares integralmente afectados, estremece aún más cuando, a la hora de que la historia nos pase la cuenta de todos estos sucesos, recalamos en el registro de que estas víctimas, de algún modo u otro, estaban relacionadas de manera estrecha, en la construcción de su proyecto de vida, con la intención de mejorar o cambiar no solo su existencia inmediata sino la de su colectividad a través de la vía privilegiada de alcanzar una mejor educación, y de luchar por que el acceso a ésta fuera un derecho para más. Estos traumáticos episodios no solo conmueven la labor que compete a cualquiera que este envuelto de algún modo en el campo educativo o en la actividad universitaria, por un lado, en cuanto a la necesidad de sostener el reclamo por el esclarecimiento de los hechos y porque se ejerza la acción penal en contra de aquellos que resulten responsables de tan ignominiosa acción, por otro lado, tales eventos nos toman por involucrados en lo que más sustantivamente la sociedad confiere de pertinente a nuestra tarea, esto es, la posibilidad de que podamos procesar esta "época de deshumanización de lo humano" en términos de categorías y conceptos de un pensar/hacer que pueda orientar la historia presente del mundo hacia otros derroteros que no sean los de la lógica acumulativa del capital sino la de un mundo de paz, justicia y dignidad, y en el que la posibilidad de alcanzar la libertad de realización de nuestra vida no se finque en el dominio, explotación o exterminio de los otros sino en la condición dialógica del reconocimiento mutuo. Será por ello que Ayotzinapa se erigió en vocablo de resonancia planetaria, en interpelación presencial o cibernética, en protesta local o a distancia en contra de los abusos del poder y por la reivindicación del otro invisibilizado, ignorado o humillado: sus alcances y repercusiones fueron globales, a tal punto de ser asumida como equivalente a "grito de indignación" y como "voz" de los "sin voz". A poco más de tres años de iniciado el gobierno del priista Enrique Peña Nieto, la situación que México exhibe en el ámbito internacional es una de las más graves que se haya detonado en nuestra larga historia de gubernamentalidades equívocas y hasta siniestras (no solo expresable en connotados casos de corrupción, en una economía que se sostiene con alfileres, cuya devaluación de la moneda es ya alarmante, y con la entrega de los bienes nacionales a los incondicionales del poder, casi al modo de un botín), pero más importante aún es lo que tan dramática coyuntura está revelando, una especie de "síntoma social": el país ha sido colocado en un punto de urgente definición (no va por otro lado lo que etimológicamente nos dice el término "crisis"). Por lo que se sabe, durante el anterior sexenio se había elevado el número muertos a cerca de doscientos mil, y aquéllos que experimentaron esta situación en condición de heridos graves o con otro modo de afectaciones por ese tipo de enfrentamientos se elevó a decenas de miles, delitos que en su mayor parte quedan en la absoluta impunidad, y señalan los perfiles de una crisis institucional que involucra todos los niveles y de la que al parecer no queda exento ningún cuerpo administrativo o de gobierno. Tan sólo en el primer año de gobierno de Peña Nieto, y según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, ocurrieron 12595 homicidios, o si se prefiere, un total de 1574 asesinatos por mes, esto es, poco más de 50 por día. Las páginas que ocupan los diarios en señalar hechos violentos o delictivos que se están destapando en vastas zonas geográficas de Guerrero, o que ya incluso se han instalado en la propia capital del país, anteriormente habían sido llenadas por informaciones similares ocurridas en el estado de Michoacán, y más antes aún por Tamaulipas, Sinaloa o Ciudad Juárez, pero quizá su impacto a escala internacional sea un diferencial de peso y le esté dando a lo de Ayotzinapa su sello distintivo. También, hay que decirlo, por el lado de las ejecuciones masivas, anteriormente a lo ocurrido en Iguala no había pasado ni un mes en el documentado caso, ya aceptado por instancias jurídicas, de lo ocurrido en Tlatlaya, Estado de México, con el involucramiento del Ejército en labores de ejecución sumaria, justo en la entidad antes gobernada por el actual presidente. Para completar el panorama hay que poner en horizonte de consideración lo que ocurrió con el asesinato masivo de los migrantes centroamericanos en San Fernando, Tamaulipas, en el año 2010 y el descubrimiento de fosas comunes con más de 190 cuerpos en abril de 2011, o en Allende, Coahuila, entre abril y agosto de 2011, donde el número de víctimas pudo contarse por más de dos centenas. La memoria nos conduce por rumbos que van en dirección a destacar los crímenes de Aguas Blancas, Guerrero (1995) o de Actea], Chiapas (1997). Sin embargo, con lo ocurrido a los estudiantes reprimidos y desaparecidos de Ayotzinapa pareciera que se han activado fibras muy sensibles, y que son las que le confieren un perfil diferencial que hace de sumatoria o agregado inconmensurable de una situación que ya se ha vuelto intolerable. La situación ha avanzado un paso más en dirección a una condición catastrófica sí, pero pudiera abrir, en el marco de esa devastación, un campo de oportunidad: pues de documentar otro episodio adicional de una violencia siniestra, como diría el filósofo esloveno Slavoj Zizek, de toda una serie de casos en que se expresa la "violencia subjetiva", pareciera que lo que era sórdidamente vivenciado en esa escala ha conllevado un acto iluminatorio de conciencia en la ciudadanía que ha puesto de manifiesto que todo ello no es sino parte de una "violencia sistémica", que es la que entre el complejo de relaciones sociales que nos atraviesan, se esconde u oculta o se vuelve escurridiza, pero que le da su identidad última al modo de existir del orden capitalista que en estas tierras se impulsa: polarizador como el que más y enriquecedor de unos cuantos como ningún otro, que burla cualquier legalidad o que la usa retorciéndola en beneficio del infractor que ocupa comúnmente la alta escala en la jerarquía del poder. En este punto de la argumentación es necesario poner en relación la condición de colonialidad como el elemento que parece obrar al modo de piedra de toque en las autoinmolaciones que el gobierno ejecuta en cumplimiento estricto de una situación de sometimiento integral y del que el "estado de excepción" no sólo es una de sus fases, que en sentido geopolítico se inauguró con la política del ASPAN y la guerra global contra el terrorismo, y del que el Plan Puebla Panamá y la Iniciativa Mérida no son sino una de sus estaciones de tránsito, y la política del TLCAN fue uno de sus detonantes iniciales; situados en el terreno de la biopolítica, con los acontecimientos recientes se ha visto, no de manera prístina sino quizás escandalosa, que conglomerados importantes de población son reducidos a la condición de Horno Sacer, como lo expresaría Giorgio Agamben, personas reducidas a "nuda vida", esto es, vidas "a las que cualquiera puede dar muerte", impunemente arrebatadas, sin que por ello representen gesto alguno de sacrificialidad. Esto es, víctimas invisibilizadas, "desaparecidas", atravesadas por distintos marcadores de poder de relaciones jerárquicas, también racializadas, generacionalmente vivenciadas, que nos conducen como conjunto social a situaciones de negación ontológica del otro, pero que no es sino un engranaje más de una historia en la que todos hemos quedado expuestos a situaciones de peligro, pues si la nación se desmantela y de los territorios se pretende expulsar a la vida humana para, en actos execrables de poder, apropiarse capitalistamente de la vida no humana de esas tierras, es duro decirlo pero los mexicanos hemos dado con una inédita situación en que lo que David Harvey documenta corno "acumulación por desposesión" parece un juego de niños; las modalidades del rentismo criminal y las cleptoacumulaciones de riqueza, por soborno, cohecho, extorsión u otro tipo de instrumentaciones, hacen dudar de si el narco atravesó al estado o el narco es una más de las extremidades de lo paraestatal, lo paralegal o francamente paramilitar, y expresión de que éste (el Estado) mutó definitivamente, desde hace al menos un par de décadas, corno lo han venido sosteniendo varios analistas, académicos e investigadores, en Estado delincuencial. Con relación al sentido sintomático de lo que estos hechos expresan, para el curso histórico de la nación mexicana, evidentemente la cosa es más profunda que solo revelar un lapsus o un trauma que está poniendo de manifiesto una causalidad oculta o latente. Acudimos de nueva cuenta a lo expresado por Zizek quien ha argumentado que tanto para el caso de Freud como para el de Marx (cuyos objetos de análisis consistirían en los sueños y en las mercancías) de lo que se trata es de "revelar el misterio", esto es, "explicar el verdadero misterio, no el misterio tras la forma, sino el misterio de esta forma", y es que resulta útil pensar de este modo la conexión que se ha establecido en lo de Ayotzinapa con la forma estatal, la conexión que hemos establecido antes entre violencia subjetiva y violencia sistémica se revela aún más enfática, pues lo que pone de manifiesto es el síntoma, esto es, la fisura, la asimetría, detectable en sus resonancias y en la forma confrontacional en que el poder existente se enfrenta con sus jóvenes, con sus estudiantes, con la capa más significativa del pueblo a la que le está expresando un pleno "no reconocimiento", y que se ejercitó en el acto inaugural de estos eventos con el perturbador y brutal hecho de haber desollado vivo a uno de los muchachos, Julio César Mondragón, sin que hayamos reparado aún en el acto representacional que ello lleva implícito, la hostilidad llana expuesta como imposibilidad efectiva desde el poder y su gobierno de mirar el rostro del otro, y de ponernos, al resto social, de frente con la carne viva de lo que es realmente el orden social en el que vivimos, o el impedimento reiterado de dar, hasta ahora, con el paradero de nuestros 43 desaparecidos, de ahí que pareciera que estamos siendo colocados, sin elusión o negación posible alguna, ante una situación que nos confronta de bruces con el hecho definitivo, real, de una crisis en la forma Estado, pero que no la liquida, como se esperaría desde ciertas interpretaciones bien intencionadas pero en franco sesgo anarquista, sino que le actualiza, a lo estatal, como algo muy importante, tanto o más, como para dejarlo en manos de quienes actualmente lo administran. De aquí uno puede extraer, una nada arbitraria inferencia, si la represión a los estudiantes normalistas de Ayotzinapa (con todo lo que allí se ha exhibido) es un "síntoma social" del estado actual que guarda el país, no será que, en cierta analogía, lo que ocurre en México todo no es sino un "síntoma social" del modo más acabado en que se plasma el orden social de la "modernidad/colonialidad". Lo que este libro trata de analizar, colocando en su punto de mira los temas de la historia, la sociedad, la filosofía política y los proyectos societales que se disputan no solo la posibilidad de lo utópico que puede alojarse en el futuro, sino la redención del pasado y la memoria que actualiza y politiza al presente, expresa en un sentido más pleno sus alcances, si del lector o la lectora contamos con la disposición y la paciencia de leer en cada uno de sus capítulos una cierta manifestación, quizás un tanto abstracta y con afanes de un cierto esclarecimiento teórico, de aquello en lo que consiste y lo que se conmueve en el programa sociocultural de la modernidad, leída desde una perspectiva que ilumine su condición de colonialidad sin renunciar a criticar su expansiva vocación capitalista, pues desde el lugar de enunciación que nos situamos, y que es el que hemos explicitado en los párrafos previos, no solo estamos ante los nudos que producen los entre-cruzamientos de la modernidad con la colonialidad, sino ante el territorio que quizá está experimentando esta simbiosis de manera más bárbara, inhumana y salvaje. Finalmente, este libro es resultado del Proyecto PAPIIT 1N401111. El programa de investigación modernidad/colonialidad como herencia del pensar latinoamericano y relevo de sentido en la Teoría Crítica, razón por la cual el autor expresa su reconocimiento por los apoyos recibidos.

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