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Libros UNAM

La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios

La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios

 

ISBN: 9789703206858

Autor(es): Javier Garciadiego, compilación e introducción

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Coordinación de Humanidades

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

MXN$150
ISBN/ISSN 9789703206858
Entidad Académica Coordinación de Humanidades
Edición o Número de Reimpresión 5a reimpresión de la 1a edición, año de reimpresión -2018-
Tema Historia
Número de páginas 408
Tamaño 17.5 x 10.5 x 3
Terminado o acabado Rústico
Idioma Español
Contenido Nota aclaratoria IX
INTRODUCCIÓN
La Revolución mexicana: una aproximación socíohistórica, por Javier García Diego. . XIII
CRÓNICAS, DOCUMENTOS, PLANES Y TESMINONIOS
Documento 1 La clase media. Félix F. Palavicini 3 Documento 2 La era actual. Justo Sierra 5 Documento 3 El rompimiento. Rodolfo Reyes 11 Documento 4 [La crisis bancaria de 19081. Toribio Esquivel Obregón 15 Documento 5. La destrucción de pueblos. Gildardo Magaña 19 Documento 6 Los verdaderos acontecimientos de Cananea. Leopoldo Rodríguez Calderón 23 Documento 7 El problema social agrario de la República Mejicana. Trinidad Sánchez Santos 35 Documento 8 Regeneración 43 Documento 9 Discurso pronunciado por Antonio Díaz Soto y Gama 51 Documento 10 Programa del Partido Liberal 57 Documento 11 Episodios revolucionarios, Viesca. Práxedis Guerrero 69 Documento 12 Entrevista del periodista James Creelman con el presidente Porfirio Díaz 73 Documento 13 John Kenneth Turner y Lázaro Gutiérrez de Lara parten secretamente para México. Ethel Duffy Turner 77 Documento 14 Carta de Francisco I. Madero a Heriberto Frías 81 Documento 15 Carta de Francisco I. Madero a Fernando Iglesias Calderón 85 Documento 16 Carta de Francisco I. Madero a Francisco Naranjo 89 Documento 17 Convención Nacional de los Partidos Nacional Antirreeleccionista y Nacionalista Democrático. Roque Estrada 91 Documento 18 Plan de San Luis Potosí 95 Documento 19 La Revolución maderista en el norte del país 109 Documento 20 Tratados de Ciudad Juárez 117 Documento 21 Manifiesto de Madero sobre la candidatura de José María Pino Suárez como vicepresidente del país 121 Documento 22 Programa y dictamen presentado por la Comisión Nacional Agraria para el estudio y resolución del problema agrario 125 Documento 23 La Casa del Obrero Mundial. Rosendo Salaz 131 Documento 24 Plan de la Soledad 135 Documento 25 Plan felicita. Félix Díaz 141 Documento 26 Plan de Ayala. 145 Documento 27 Plan de la Empacadora 151 Documento 28 El Pacto de la Ciudadela 159 Documento 29 Decreto de la Legislatura del estado de Coahuila por el que se desconoce a Victoriano Huerta 163 Documento 30 Cómo formé parte del gobierno del señor Madero. Álvaro Obregón 167 Documento 31 El general se va a la guerra. John Reed 171 Documento 32 Reformas al Plan de Ayala 173 Documento 33 Plan de Guadalupe. Alfredo Breceda 177 Documento 34 Cómo se redactó el Plan de Guadalupe. Francisco J. Múgica 181 Documento 35 [La expansión de la lucha en el noreste]. Juan Barragán 189 Documento 36 Discurso del Primer Jefe del Ejército Constitucionalista en Hermosillo, Son. 193 Documento 37 Pancho Villa cruza la frontera con ocho hombres y se prepara a la conquista de Chihuahua. Martín Luis Guzmán 199 Documento 38 [La lucha contra Huerta se generaliza] Juan Barragán 203 Documento 39 Puebla y Tlaxcala en los días de la Revolución. Porfirio del Castillo 209 Documento 40 La invasión yanqui en 1914. Justino N. Palomares 213 Documento 41 Preliminares del ataque a Zacatecas. Luis Aguirre Benavides 221 Documento 42 Pacto de Torreón 225 Documento 43 Decreto sobre abolición de las deudas de los peones 235 Documento 44 Mis memorias de campaña. Amado Aguirre. 237 Documento 45 Tratados de Teoloyucan 239 Documento 46 Informe del licenciado Luis Cabrera y del general Antonio I. Villarreal a don Venustiano-no Carranza, primer jefe del Ejército Constitucionalista 245 Documento 47 Sobre los representantes de la Revolución del sur a la Convención de Aguascalientes 259 Documento 48 Pacto de Xochimilco 265 Documento 49 En la boca del lobo. Un asalto revolucionario. Martín Luis Guzmán 281 Documento 50 La política militar de Carranza. Luis Cabrera 287 Documento 51 Parte oficial de la Batalla de Celaya. Álvaro Obregón 291 Documento 52 Decreto sobre terrenos petrolíferos 301 Documento 53 La ciudad de México durante la Revolución constitucionalista. Francisco Ramírez Plancarte 305 Documento 54 Ley que declara nulas todas las enajenaciones de tierras, aguas y montes pertenecientes a los pueblos, otorgadas en contravención a lo dispuesto en la ley de 25 de junio de 1856 309 Documento 55 Pacto celebrado entre la Revolución constitucionalista y la Casa del Obrero Mundial. 321 Documento 56 Manifiesto a la nación y Programa de reformas político-sociales de la Revolución aprobado por la Soberana Convención Revolucionaria en Jojutla, Morelos 329 Documento 57 Plan felicista de Tierra Colorada del estado de Veracruz 341 Documento 58 Nota enviada al Secretario de Estado norteamericano con motivo de la Expedición Punitiva 351 Documento 59 La Constitución y los constitucionalistas . .361 Documento 60 Discurso del diputado Gerzayn Ugarte 365 Documento 61 Diario de debates del Congreso Constituyente 369 Documento 62 Manifiesto a la República lanzado por el C. Álvaro Obregón 379 Documento 63 Carta del general Plutarco Elías Calles [secretario de Industria, Comercio y Trabajo] a Adolfo de la Huerta [gobernador de Sonora] 387 Documento 64 Plan de Agua Prieta 393 Documento 65 Pacto de Sabinas, Coahuila 399

Detalles

La Revolución mexicana fue un proceso político y militar de enormes repercusiones políticas, económicas, sociales y culturales. Resulta difícil definirla, pues pasó por varias etapas y en cada región del país tuvo características distintas, como distintas fueron las condiciones sociohistóricas de cada zona, lo que explica las diferentes causas del estallido revolucionario y sus infinitas particularidades sectoriales y geográficas. El objetivo de este libro es facilitar al lector la comprensión de la complejidad de aquel proceso, mediante un número apreciable de crónicas, documentos, planes y testimonios, todos ellos definibles como "fuentes primarias".

Javier Garciadiego, compilación e introducción

Cursó la licenciatura en Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es Maestro en Historia por la Universidad de Chicago y posee dos doctorados: uno en Historia de México, por El Colegio de México, y otro en Historia de América Latina, por la Universidad de Chicago. Su especialidad es la historia de la Revolución mexicana, sobre todo en sus aspectos político y cultural, y en un corte cronológico que abarca de finales del siglo XIX a mediados del XX. Ha sido profesor visitante y conferencista en diferentes universidades del extranjero. Entre sus reconocimientos y distinciones figuran el Premio Salvador Azuela otorgado, en 1994, por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana; el premio “Biografías para leerse”, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, con la biografía de Manuel Gómez Morín en 1997, la condecoración de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, del gobierno español en 2009, y la Condecoración Cruz de Oficial de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania, de la Embajada de la República Federal de Alemania en 2015. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel III) y de la Academia Mexicana de la Historia desde 2008, de la Academia Mexicana de la Lengua desde 2013, Miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM también desde 2013 y miembro de El Colegio Nacional desde 2015.

LA REVOLUCIÓN MEXICANA: UNA APROXIMACIÓN SOCIOHISTÓRICA* CRISIS DEL PORFIRIATO El estallido de la Revolución mexicana fue el resultado de varios factores: la específica conformación sociohistórica del país; la crisis generalizada del Estado porfiriano; el fracaso de una solución pacífica a la sucesión de 1910; las aspiraciones de las clases medias y populares, contrarias al régimen oligárquico, y el complejo contexto internacional de aquellos días. A principios del siglo xx la conformación socio-histórica mexicana tenía una especificidad notable frente a los demás países latinoamericanos. Como varios de éstos, especialmente los situados en las sub-regiones centroamericana y andina, México sufría un gobierno dictatorial y una muy desequilibrada distribución de la propiedad agraria. Sin embargo, a diferencia de ellos, gozaba de un crecimiento económico incluso superior al que experimentaban Brasil, Argentina, Uruguay y Chile. Así, México era el único país que combinaba crecimiento económico con gobierno dictatorial y con graves problemas agrarios. Dicha combinación resultó explosiva. El país vio nacer, corno producto del crecimiento económico, clases medias y proletarias modernas. Sin embargo, mientras que en estos últimos países del cono sur había instituciones democráticas que servían para la defensa y promoción de tales clases emergentes, el gobierno dictatorial de Díaz resultó inadecuado para representar y promover sus intereses: al contrario, a pesar de que al principio los había visto surgir, luego dificultó el ascenso de las clases medias y reprimió los principales reclamos obreros (doc. 1). Para colmo, si la estructura agraria de estos países sudamericanos se caracterizaba por la existencia de una nutrida clase media rural, que amortiguaba los conflictos sociales, en México sólo la había en ciertas regiones del norte y del occidente del país; mientras en el resto prevalecía una estructura dicotómica, con pocos pero extensos latifundios y un número enorme de comunidades campesinas, las que sufrían un proceso grave y reciente de pérdida de sus tierras, a pesar de lo cual conservaban su organización política autónoma y su memoria histórica. La insatisfacción de la clase media rural y las aspiraciones de numerosas comunidades a conservar su identidad y a recuperar sus tierras hacían predecible un conflicto rural, aún más grave que el que se cernía con las clases medias urbanas y obreras. En resumen, sólo en México se dio esta explosiva situación estructural, que hacía posible la alianza de campesinos, obreros y clases medias. El Estado porfiriano sufrió varias crisis profundas. El régimen de Díaz dio inicio con el triunfo de la rebelión de Tuxtepec y pasó por tres etapas. La primera se extendió hasta finales de la década de 1880 o principios de los noventa, y se caracterizó por ser el período de su ascenso y consolidación en el poder, durante el cual Díaz construyó su sistema político, conformó sus equipos de colaboradores propios y cambió el proyecto nacional de desarrollo, pues si con los liberales de mediados del XIX los objetivos habían sido la libertad y la democracia, con Díaz lo serían el orden y el progreso (doc. 2). Durante sus primeros años de gobierno, Díaz se apoyó en militares de su total confianza, tanto para la impostergable pacificación del país como para el control del ejército, donde tuvo que contener o desplazar a los principales jefes militares, naturales competidores suyos. Además, carente de un equipo propio suficientemente amplio, Díaz desarrolló, al principio, prácticas conciliatorias e incluyentes, gobernando con políticos y burócratas provenientes de diversos grupos. Sin embargo, durante sus primeros años también acudió a la represión de sus enemigos: si para los conformes con su sistema hubo canonjías, para tos renuentes hubo diversos castigos; asimismo, si en ocasiones mantuvo y se apoyó en los políticos locales establecidos, en otras impuso gente suya aunque externa a la región. Cualquiera que haya sido el mecanismo, durante la primera etapa de su largo régimen Díaz estableció una inédita estabilidad, confirmada por sus -relativamente- fáciles reelecciones de 1884, 1888 y 1892, lo que implicaba la existencia de un gran consenso favorable a Díaz y la ausencia de conflictos y competidores políticos. Además, siendo un hombre pragmático, percibió que el anticlericalismo previo había dividido al país, por lo que fue tolerante con la Iglesia y la religión católica, mostrándose renuente a aplicar ciertos principios de la Constitución de 1857, con lo que se obtuvo una benéfica reconciliación ideológica nacional. La estabilidad política y la paz social logradas, además de las nuevas condiciones económicas nacionales e internacionales, explican que Díaz haya obtenido el reconocimiento del gobierno estadunidense y el restablecimiento de relaciones diplomáticas con los principales países europeos. La segunda etapa, que se prolongó hasta los inicios del siglo xx, se distinguió por el perfeccionamiento de la estabilidad política y por el notable crecimiento económico alcanzado. Indudablemente, durante los años precedentes se sentaron las bases de este último al sanearse la Hacienda pública con la reducción de los gastos militares y la renegociación de la deuda externa; al modernizarse los códigos minero, postal y comercial; y al iniciarse la instalación de instituciones bancarias modernas; el tendido de vías ferroviarias, de líneas telefónicas y telegráficas. Fue entre 1890 y 1904, aproximadamente, cuando se alcanzó un crecimiento económico cuantioso y sostenido. Fluyeron entonces los empréstitos y las inversiones europeas y estadunidenses; se emprendieron inmensas obras de infraestructura; junto a la agricultura tradicional surgió una moderna, con cultivos de exportación, y también apareció una minería industrial que compitió con la dedicada a los metales preciosos; a su vez, la industria logró grandes mejoras, y los ferrocarriles y el telégrafo no sólo dieron impulso al comercio interno sino que modificaron nuestra geografía y ayudaron a la integración del país y al fortalecimiento del Estado. El comercio exterior también recibió gran impulso, con lo que México adquirió un nuevo puesto en el concierto de las naciones. El sistema político correspondiente al periodo de auge económico descansó en una auténtica despolitización de los habitantes del país. Fueron años definidos, ilustrativamente, con el lema de "poca política y mucha administración". En efecto, Díaz gozó de total consenso, sin oposición alguna desaparecieron las contiendas electorales, la independencia de los poderes legislativo y judicial, y las críticas en los grandes periódicos. La política era excluyente y vertical, asunto reservado sólo a Díaz y a una pequeña camarilla compuesta por los miembros de su gabinete, los gobernadores, "jefes políticos", senadores, diputados y jueces, casi todos permanentemente reelectos y encuadrados en los principales equipos de apoyo a Díaz. De éstos, dos eran los principales: uno era el grupo de los "científicos", que habría de ser decisivo en los renglones de la economía y la educación; el otro era el encabezado por Bernardo Reyes, artífice del progreso del noreste del país y responsable de la modernización, el control y la des politización del Ejército Federal. El crecimiento económico no podía ser indefinido. Su naturaleza implicaba varias limitaciones profundas, que amenazaban con provocar serios problemas políticos y sociales. El sistema político también tenía sus propias contradicciones. Por lo tanto, era más que probable que el periodo de auge deviniera de crisis y decadencia, transformación perceptible desde principios del siglo. La crisis del régimen porfiriano fue grave, múltiple, coetánea e insoluble. Afectó, con intensidad variada, los renglones político, económico, social, diplomático y cultural. La crisis del sistema político no se debió al envejecimiento de Díaz -nacido en 1830- y de su camarilla; tampoco la generó su carácter cerrado y excluyente, reacio a las imprescindibles renovaciones generacionales. El problema mayor estribó en su cambio de naturaleza, composición y procedimientos: hasta 1903 dicho sistema se había apoyado en dos equipos, con sus propios espacios de poder y sus funciones específicas, que se nivelaban mediante mutuos contrapesos. Sin embargo, cuando el problema de la sucesión cobró importancia por el envejecimiento de don Porfirio, éste rompió la imparcialidad con sus bases de apoyo y eligió como virtual sucesor, mediante la figura de la vicepresidencia, a un miembro del grupo "científico", el sonorense Ramón Corral. Dicha decisión obligó a reducir el capital político y las cuotas de poder asignadas al grupo reyista, que pasó de sostén a opositor, para colmo peligroso por su experiencia, capacidad y prestigio (doc. 3). A partir de ese momento los reyístas se convirtieron en severos críticos de los "científicos". Resulta incuestionable que esta escisión de la elite debilitó profundamente al gobierno porfiriano. El sistema político porfiriano sufrió otra costosa transformación durante los mismos años. Además del apoyo complementario en "científicos" y revistas, otra característica del sistema de Díaz había sido el mantenimiento de por lo menos dos grupos poderosos en cada región, uno en la esfera económica y otro en la política. Sin embargo, y a consecuencia del acotamiento creciente del reyismo, los "científicos" aumentaron su fuerza, produciéndose una concentración de poder económico y político en varias regiones. Así sucedió en Chihuahua, Morelos y Yucatán.' El cambio generó desajustes y reclamos. No es casual que estos tres estados hayan desempeñado un papel protagónico a partir de 1910. La crisis económica tuvo causas estructurales y coyunturales, internacionales y nacionales. Primero que todo, el crecimiento fue desigual y disparejo: hubo varias regiones y amplios sectores no beneficiados. Posteriormente, en 1907 una severa depresión económica azotó a Europa y Estados Unidos, encareciendo las importaciones y disminuyendo las exportaciones mexicanas. La difícil situación repercutió inmediatamente en el todavía incipiente sistema bancario, que canceló los créditos a industriales y hacendados, y además buscó cobrar los adeudos que éstos tenían. Las secuelas en la economía mexicana fueron de enorme gravedad. La disminución de las exportaciones y la suspensión de los créditos para los industriales hicieron que muchos disminuyeran la jornada diaria o el número de días laborales a la semana, estrategias que se tradujeron en una disminución de los ingresos reales de los trabajadores y en un aumento del desempleo de los obreros y los empleados. Por lo que respecta a los hacendados, la falta de créditos también los obligó a reducir operaciones, afectando el nivel de empleo y los ingresos de sus diversos tipos de trabajadores (doc. 4). A diferencia de los industriales, los hacendados buscaron resolver la falta de créditos aumentando las rentas a los rancheros y aparceros, y endureciendo las condiciones laborales de sus medieros y peones. Lo grave de la situación es que se vieron afectados todos los sectores sociales del país: industriales y hacendados; empleados y rancheros; obreros, medieros, jornaleros y peones; esto es, las clases altas, medias y bajas, tanto del campo como de la ciudad. Consecuentemente, la disminución de las actividades económicas abatió los ingresos gubernamentales, problema que se buscó remediar castigando salarialmente a la burocracia y aumentando los impuestos y el universo de pagadores de los mismos, decisiones que afectaron a las clases altas no favoritas del grupo "científico", y a las clases medías, urbanas y rurales. Los problemas fueron más numerosos aún: dado que la crisis era internacional, muchos mexicanos que trabajaban en Estados Unidos quedaron desempleados y tuvieron que regresar al país, donde no se les pudo integrar a la vida económica, por entonces muy disminuida. Para colmo, se padeció sequía en los años 1908 y 1909, la que provocó nuevas disminuciones en la producción agrícola: el aumento del precio del maíz lo sufrieron todos, aunque en mayor medida las regiones que lo tenían que importar, como Yucatán, o los hacendados que tenían que alimentar un alto número de peones; hubo regiones, como Zacatecas, que padecieron doble: la sequía y el derrumbe del precio de la plata. En resumen, la magnífica situación de finales del siglo mx se tomó dramática a principios del xx, especialmente porque la crisis económica había acabado con el prestigio de los "científicos", grupo que Díaz había escogido para sucederlo. El porfiriato padeció también una severa crisis social desde finales del siglo XIX. En el ámbito rural, tuvo su origen en la pérdida de tierras sufrida por las comunidades campesinas, desde que el crecimiento urbano-demográfico provocó un aumento en la demanda de productos agropecuarios, y cuando dicha demanda pudo ser satisfecha con un extenso sistema ferrovíario.5 Las consecuencias sociopolíticas fueron variadas y no necesariamente secuenciales: para comenzar, los campesinos tuvieron que buscar empleo en las haciendas o ciudades vecinas, pues necesitaban reemplazar los ingresos perdidos por la usurpación, aunque hubo casos de migraciones distantes. Por otra parte, numerosas comunidades usurpadas acudieron a las instancias legales, comenzando así complejos procesos de politización. No fueron pocas las comunidades que radicalizaron sus posturas políticas con el tiempo, terminando algunas por sumarse a la lucha armada contra Díaz de finales de 1910 (doc. 5). La crisis social afectó también a los sectores urbanos: los conflictos obreros en Cananea y Río Blanco fueron los principales pero no los únicos. Dado que ambos conflictos antecedieron a la crisis económica de 1907 y 1908, sus causas deben buscarse en otros factores, ya sea en las restricciones a los derechos políticos de los trabajadores o en los reclamos nacionalistas contra el número y las ventajas de los trabajadores chinos y estadunidenses, respectivamente. Además, no fueron pocos los trabajadores que se politizaron al sufrir condiciones laborales severas o al conocer la situación socioeconómica y jurídica que se disfrutaba en Estados Unidos, país al que muchos migraban temporalmente. Las represiones obreras de 1906 y 1907 fueron prueba de que Díaz había perdido su habilidad como negociador político y su capacidad para encontrar soluciones positivas para la mayoría (doc. 6). En términos cronológicos, la crisis diplomática fue la primera en manifestarse, y sus secuelas fueron incalculables. Desde su ascenso al poder Díaz había dedicado grandes esfuerzos al restablecimiento de relaciones con Estados Unidos y con algunos países europeos. La estabilidad política alcanzada y las buenas relaciones económicas desarrolladas con estos países colocaron a don Porfirio en una buena situación en el concierto de las naciones. Sin embargo, a finales del siglo xix sobrevino un cambio mayúsculo: Estados Unidos adquirió gran fuerza en el Caribe, pues Cuba y Puerto Rico se le aliaron después de independizarse de España. Díaz percibió la amenaza de que el vecino evolucionara a potencia imperial moderna. Para contrapesar su creciente influencia aumentó sus relaciones económicas y políticas con Europa y Japón, decisión que fue resentida por Estados Unidos. A partir de entonces dejaron de considerar a don Porfirio como el gobernante ideal. Si bien el tamaño de sus inversiones hacía muy riesgoso cualquier intento de desestabilización desde el exterior, Estados Unidos se distanció de Díaz y decidió esperar la aparición de una alternativa política para México que les conviniera. Para colmo, la competencia entre Estados Unidos e Inglaterra por el petróleo mexicano -auténtica "manzana de la discordia"- hizo más tirante la relación. Esto explica que Estados Unidos haya creído haber encontrado la solución en el movimiento antíporfirista de 1910. La crisis en el ámbito cultural fue igualmente importante. A principios del siglo xx comenzó a ser cuestionado el positivismo, que había desplazado al liberalismo como ideología gubernamental. Como consecuencia, el anhelo por la libertad desplazó a la obsesión por el orden. El declive del positivismo implicó el descrédito del darwinismo social. Así, la minoría criolla afrancesada -en concreto el grupo de los "científicos"- dejó de ser percibida como congénitamente superior y como única fracción adecuada para dirigir la vida nacional. La mayoría mestiza comenzó entonces a reclamar participación en la toma de decisiones, demanda que también ayuda a explicar la movilización nacional iniciada hacia 1910.

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