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La prueba de las promesas

La prueba de las promesas

 

ISBN: 9786073003773

Autor(es): Juan Ruiz de Alarcón

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial / Secretaria de Cultura

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

MXN$110
ISBN/ISSN 9786073003773
Entidad Académica Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
Edición o Número de Reimpresión primera edición, año de edición -2018-
Tema Literatura universal
Coedición Secretaria de Cultura
Número de páginas 176
Tamaño 10 x 16 x 1
Terminado o acabado rústico
Idioma Español

Detalles

Lo que dispara en La prueba de las promesa la necesidad del mago por ejercer su poder sobre los personajes es una de las obsesiones del teatro cómico aurisecular: el matrimonio de una doncella. Se trata de la hija de ese mago, doña Blanca, a la que él desea casar con don Enrique, cabeza de los Vargas, linaje con el que, después de mucho tiempo de guerra, el sabio desea sellar la paz. Invitamos a la lectura de esta obra donde la magia verbal es doble: por las ciencias ocultas que domina don Illán, las cuales le permiten hacernos viajar en el tiempo para llegar a la verdad de las promesas, y por las capacidades poéticas de Juan Ruiz de Alarcón, que aquí alcanzan uno de sus más altos y divertidos desarrollos.

Juan Ruiz de Alarcón

Nacido en Taxco en 1572, fue el dramaturgo más importante del barroco novohispano y también un destacado autor de la escena madrileña, donde se codeó con los grandes dramaturgos del momento: Lope de Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Tirso de Molina y otros. Vivió aproximadamente la mitad de la vida en su tierra natal y el resto en la tierra de sus ancestros (donde murió en 1639), y es un ejemplo de la continuidad literaria y cultural que existía entre el Viejo y el Nuevo mundos.

PRÓLOGO Hasta entonces la obra había transcurrido sin mayores sobresaltos. Era el 13 de diciembre de 1623 y El Anticristo, escrita por don Juan Ruiz de Alarcón, se estrenaba en el corral de comedias de Madrid. El corral, un patio interior acondicionado para albergar las funciones teatrales, debía estar atestado, como solía, de un público heterogéneo; ahí se recibía a todo aquel que podía costear su entrada: caballeros nobles, damas de la corte, gente de a pie, funcionarios de gobierno. Durante las dos primeras jornadas, o actos, y gran parte de la tercera, esa audiencia multiforme debió reír con los chistes del actor que hacía del gracioso, enfurecer a causa de las tretas y engaños de los antagonistas, pasmarse con la belleza de la actriz en el papel principal y padecer junto con ella sus desventuras -por entonces las comedias movían a la risa pero también al llanto, trataban de asuntos sublimes y también pedestres. Por unas horas, aquella gente debió olvidarse del frío que arreciaba y de los copos que, poco a poco, blanqueaban los tejados y barandas. Nadie esperaba que aquella función tuviera un desastroso desenlace y que pasara a la historia como uno de los capítulos más tristemente célebres de la guerra entre los escritores del mundillo literario de los Siglos de Oro. El gran final se aproximaba cuando, de pronto, unas bombas fétidas comenzaron a despedir sus fragancias, tan nauseabundas que hicieron que algunos huyeran despavoridos y otros, los menos ágiles o menos próximos a la salida, se desmayaran. Entre el público se encontraba el poeta don Luis de Góngora, por entonces el mayor de España, que días después, en una carta dirigida al también poeta, predicador y dramaturgo, fray Hortensio Félix Paravicino, escribe: Nieva de manera que no puedo escrebir de frío... La comedia, digo, El Antecristo de clon Juan de Alarcón se estrenó el miércoles pasado. Echáronselo a perder aquel día con cierta redomilla que enterraron en medio del patio, de olor tan infernal, que desmayó a muchos de los que no pudieron salirse tan a prisa. Don Miguel de Cárdenas hizo diligencias y a voces invió un recado al vicario para que prendiese a Lope de Vega y a Mira de Mescua, que soltaron el domingo pasado, porque prendición [sic] a Juan Pablo Rizo, en cuyo poder se encontraron materiales de la confesión. El episodio narrado por Góngora no es sino la culminación de una serie de ataques hacia Juan Ruiz de Alarcón que, en ese fatídico mes de diciembre, se trasladaron de la pluma a la acción. El dramaturgo, nacido muy probablemente en Taxco, actual estado de Guerrero, en 1572, había obtenido el grado de licenciado en Derecho por la Universidad de México y, al no obtener el puesto de catedrático en su tierra natal, había migrado a Madrid en 1613, donde pretendió el cargo de relator en el Consejo de Indias. En vista de que el nombramiento se demoraba en llegar y las cuentas por pagar se acumulaban, Alarcón se dedicó, entre otras cosas, a escribir una veintena de comedias, las cuales publicaría tiempo después en dos volúmenes: la Parte primera en Madrid (Juan González, 1628) y la Parte segunda en Barcelona (Sebastián de Cormellas, 1634). En esta última se incluye El Anticristo. Nuestro autor no la pasó nada bien entre los escritores españoles más renombrados del momento: desde el principio, fueron blanco de burlas su origen indiano, sus pretensiones de nobleza y las notorias características de su físico, sobre todo, su corta estatura y jorobas en pecho y espalda. En los últimos meses de 1623 las burlas y los ataques recrudecieron. Juan Ruiz, con los bolsillos siempre vacíos, aceptó escribir una relación o narración en verso de las corridas de toros y juegos de cañas con que Felipe IV celebró el mes de agosto la visita del príncipe de Gales, que luego se coronaría como Carlos I de Inglaterra y Escocia. Nuestro poeta, en cuya obra había repercutido apenas la revolución poética gongorina, desatada por la redacción entre 1612 y 1614 del Polifento y las Soledades, no era el candidato idóneo para escribir esa relación en verso que exigía un estilo solemne y culterano. Dado que, además, había que escribirla en muy poco tiempo, Juan Ruiz, aconsejado por el también dramaturgo Antonio Mira de Amescua, se dejó "ayudar" por algunos poetas, quienes escribieron la mayor parte de los versos solicitados. El novohispano cosió esos retazos con los de su propia factura y dio a las prensas, ese mismo año de 1623, un monstruo de Frankenstein al que tituló Elogio descriptivo (Madrid: Viuda de Alonso Martín). Los ataques a esta obra de autoría colectiva, pero firmada por un solo poeta, no se hicieron esperar: contra el indiano afilaron sus plumas Góngora, Lope de Vega, ¡el propio Mira de Amescua! y Francisco de Quevedo, maestro de la mordacidad y del escarnio. Este último redactó un "Comento" en el que pulveriza línea por línea la publicación, del cual cito unas líneas para que el lector adivine, por esa breve muestra, el tono general del texto. Al leer en la portada que el Elogio lo firmaba "D. Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza", Quevedo apunta: Los apellidos de don Juan crecen como hongos: ayer se llamaba Juan Ruiz; añadiósele el Alarcón, y hoy ajusta el Mendoza, que otros leen Mendacio [o sea, "mentiroso']. ¡Así creciese de cuerpo!, que es mucha carga para tan pequeña bestezuela. Yo aseguro que tiene las corcovas llenas de apellidos. Y adviértase que la D no es don, sino su medio retrato. No es de extrañar que en este ambiente surgiera y se llevara a cabo la idea del saboteo al estreno de El Anticristo. Tampoco es de extrañar que en 1626, cuando por fin se le otorgó el anhelado cargo en el Consejo de Indias, don Juan abandonara el mundo de las letras y la farándula en el que había descollado a pesar de los ataques, muchos de ellos motivados, sin duda, por la envidia. Ya retirado de los escenarios, aún parece defenderse cuando se dirige al lector en el proemio a la Parte Segunda de sus comedias, a quien aconseja que no condene tan fácilmente los errores que llegare a notar en ellas: "mira que en este consejo hago más tu negocio que el mío; que, siendo mordaz, ganarás opinión de tal y a mí ni me quitarás lo que con ellas adquirí entonces (si no miente la fama) de buen poeta, ni la que hoy pretendo de buen ministro. Vale". El Anticristo es una comedia que pertenece, como todo el teatro de Juan Ruiz de Alarcón, al género que se ha denominado comedia nueva, cuyos rasgos elementales perfiló Lope de Vega. Este tipo de teatro en verso, vertido en una amplia variedad de formas métricas, no se ceñía a las unidades de asunto, tiempo y espacio establecidos por la antigua preceptiva clásica: las escenas de una misma obra podían desarrollarse en Madrid, Salamanca o Babilonia, y entre la primera y la última podía transcurrir tanto tiempo ficcional como el autor quisiera. He dicho ya que en esas obras el llanto y la risa se superponían, lo cual hubiera sido inadmisible en el teatro clásico que diferenciaba tajantemente entre la comedia y la tragedia. El subgénero más popular de la comedia nueva era el de capa y espada, cuyos personajes, galanes, damas y sus criados, divertían al público con sus enredos amorosos; la obra más conocida de Juan Ruiz, La verdad sospechosa, pertenece a esta categoría. Nuestro autor descuella también en las comedias de magia, subgénero en el que, por cierto, es un verdadero precursor; entre éstas podríamos mencionar La cueva de Salamanca o La prueba de las promesas. El Anticristo, por su parte, pertenece al grupo de comedias de tema religioso, tan populares en su momento como las otras pero menos atractivas para la crítica y para los lectores del siglo XXI: compartimos poco con aquella sociedad piadosa, poseedora de un robusto sistema de conocimientos relativos a la cultura judeocristiana y que, aunque buscaba divertirse al ir al teatro, no se tomaba a mal que éste le recordara de vez en cuando que debía velar por la vida eterna o le propusiera en la vida de los santos ejemplos a imitar. Por eso triunfaban en escena dramas como El condenado por desconfiado de Tirso de Molina, sobre el conflicto de la predestinación y el libre albedrío en lo concerniente a la salvación del alma, o San Isidro Labrador de Madrid de Lope de Vega, sobre la vida del patrono de la capital española. El Anticristo es una ambiciosa comedia bíblica sobre los días que presidirán el Juicio Final, el fin de los tiempos. Su personaje central es aquel enviado de los infiernos que, según las profecías, antes de la segunda venida del hijo de Dios dominará durante tres años y medio las naciones, convertirá engañosamente, con ayuda de un falso profeta Elías, a los hombres al culto demoniaco y se proclamará a sí mismo el Mesías prometido en las sagradas escrituras y que los judíos no reconocen en Jesucristo. Los perversos sucumbirán a sus mentiras y se les impondrá su marca; la gente común sospechará de su origen celestial y dudará antes de entregarse a su culto; los iluminados, guiados por la luz de la fe, resistirán imperturbables frente a su sombrío imperio. No se piense, sin embargo, que las proporciones casi cósmicas del asunto, raras en el teatro de la época, vuelven tediosa o abunida esta comedia: desde los primeros versos Juan Ruiz de Alarcón deja claro que el Anticristo es tan humano que se enamora perdidamente de la hermosa Sofía, que los efectos especiales nos deslumbrarán a cada paso y que reiremos en más de una ocasión con las ocurrencias de Balan, el gracioso. La trama tiene lugar en varios espacios: los desiertos en los que yacen las ruinas de las ciudades de Betzaida y Corozaín, Babilonia, Jerusalén, los llanos de Magedón (Armagedón), donde se librará la última batalla entre los ejércitos diabólicos de Gog y Magog y las huestes cristianas, según el libro del Apocalipsis (16: 13-16). Si algo une a estos escenarios son las tonalidades cromáticas y una sensación de amplia y desoladora oquedad. Se ha dicho que el teatro de los Siglos de Oro, debido a su parquedad escenográfica, es sustancialmente un teatro de palabras: el actor exclama "¡A Madrid hemos llegado!", e inmediatamente la imaginación de los espectadores reviste de calles, carruajes y balcones la desnudez que rodea a los actores. Me parece que en una comedia como la que nos ocupa, Juan Ruiz lleva a otro nivel esta capacidad de evocación de la palabra dramática. En El Anticristo los personajes transitan por amplísimas llanuras y desiertos, por antiguas ciudades (ya en ruinas en el siglo XVII) que de veras ponen a prueba la imaginación del espectador: una cosa es imaginar una ciudad española, y otra, la llanura sin límites que atestiguará el fin del mundo. Percibo, además, en nuestro autor una intención de conferir, a través de los diálogos, una coherencia colorística a su obra; el espectador en el corral debió tener, tal como la tiene ahora el lector, la sensación de estar inmerso en una vacuidad rojiza, cobriza, ocre, justamente apocalíptica. Esos colores son, claro, imaginarios, porque no son indicaciones para los escenógrafos, sino para la mente del auditorio. Basten como ejemplo de lo anterior estas palabras de Balán, el gracioso, en la primera jornada: Término son estas peñas que con el cielo compiten, de las dos ciudades bellas, a quien del tiempo las huellas aun reliquias no permiten. Esas aguas cristalinas que veis de la sierra al fin, bañan de Corozaín las ya invisibles nanas; y ésas, que muestra el bermejo terreno hacia el Aquilón, llanto de Betzaida son, si otra edad fueron espejo. La principal fuente de Juan Ruiz para la confección de su texto es, obviamente, la Biblia, citada en innumerables ocasiones a lo largo de la comedia, a veces explícita y a veces implícitamente. De hecho, podríamos considerar a El Anticristo, desde cierto punto de vista, como un enorme ejercicio exegético, interpretativo, de la sagrada escritura. Lo anterior se hace evidente en la segunda jornada, conformada prácticamente en su totalidad por una disputa entre el profeta Elías, que volverá junto con Enoch al final de los tiempos, y el Anticristo. El debate, similar al que sostienen al final de La cueva de Salamanca el mago Enrico y un doctor en teología de la universidad acerca de la magia, gira en torno a las posturas de cristianos y judíos sobre la venida del Mesías. Elías argumenta, urdiendo numerosos pasajes bíblicos a la manera del predicador, que el salvador del mundo ha venido ya en la figura de Cristo, en quien se vieron cumplidas las profecías; el Anticristo, a quien el demonio ha otorgado amplios conocimientos sobre las escrituras, recurre también a los textos de los profetas para desconocer a Jesús como el Mesías y nombrarse a sí mismo como tal, lo que los judíos de la obra aceptan sin dudar. La escena se relaciona con una larguísima tradición que podríamos remontar a la Edad Media: las disputas poéticas entre cristianos y judíos sobre la ley de Moisés en el Antiguo Testamento y la de Cristo en el Nuevo. Recordemos que un duelo de este tipo, entre Fernán González de Eslava, de origen judío, y Francisco de Terrazas levantó sospechas en el Santo Oficio de Nueva España en 1564. El debate de El Anticristo revela un extenso conocimiento de las interpretaciones semíticas de los textos sagrados por parte del dramaturgo, por cuyas venas corría, por cierto, sangre judía. Es de notar el carácter marcadamente antisemita de la obra que, aunque es frecuente en el resto de la literatura de la época, no siempre se señala en este caso particular: son los judíos los que engrosan las huestes del Anticristo, los que se enfrentan a los cristianos en la batalla final, en fin, los villanos del drama. Elías, que no logra convencerlos, al final de la disputa lanza sobre ellos sequías, pestes, no sin antes exclamar: "¿Por qué, pues, gente adúltera y malvada, / cumpliéndose en Jesús las profecías, / contumaces negáis que es el Mesías?"; "Generación depravada, /rebelde y adulterina, / pues no merecéis piedad, / sentiréis de Dios la ira". Aunque el Anticristo no aparece por su nombre sino unas cuantas veces en las epístolas de Pablo, existe una serie de autores cristianos que lo asocia con la bestia blasfema que emergerá del mar y tendrá poder por 42 meses, descrita en el capítulo 13 del Apocalipsis, mezcla de leopardo, oso y león, siete cabezas, diez cuernos coronados. Hay otra bestia en la Biblia asociada con el Anticristo en el capítulo 7 del libro de Daniel, con el que la obra del dramaturgo guarda una relación estrecha, como apuntó Jaime Concha. La descripción de la bestia del profeta Daniel coincide puntualmente con la que el Falso Elías tuvo en un sueño que impulsó la búsqueda del Anticristo en el desierto y que Juan Ruiz vierte, como sólo él sabía hacerlo, en unos versos espléndidos: Vi salir del mar hinchado una bestia cuyo aspecto daba terror a la tierra, guerra amenazaba al cielo. Corvas uñas le formaba y agudos dientes el hierro [...J Su portentosa cabeza era armada de diez cuernos [...] y allí en medio de los diez otro germinó pequeño. Éste ilustraba dos ojos como de hombre, y en acento humano hablaba una boca en él horribles misterios. Luego le vi, transformado en un bello infante tierno, a] terrenal Paraíso trasladarse con secreto. Del libro del Génesis se desprende la interpretación de que el Anticristo será como una víbora que surgirá de la tribu de Dan, una de las doce de Israel: "será Dan como culebra en el camino, serpiente en la senda, que muerde las pezuñas del caballo para que caiga hacia atrás su jinete" (49: 16-18). De esos mismos elementos -serpiente, caballo y jinete- estará compuesta la visión que en la primera jornada tiene Sofía, la bella cristiana cuyo nombre significa "sabiduría". Ella, que no creerá nunca en las mentiras del Anticristo, interpretará esa visión como un fatídico anuncio de su venida. Revelaciones y sueños como los que relatan el Falso Elías o Sofía evocan en la mente de los espectadores, como en el caso de los escenarios que hemos comentado antes, imágenes de fantásticas y extraordinarias realidades. Además de la Biblia, otra fuente importante de la comedia de Alarcón la constituye el Tratado del juicio final del dominico Nicolás Díaz (Madrid: Luis Sánchez, 1599), que nos advierte de las cosas que han de ocurrir en los últimos días del tiempo. Al final de la jornada segunda, Sofía huye del Anticristo junto con otros cristianos a la soledad de unos desiertos, al igual que la mujer apocalíptica que la cristiandad identifica con la Virgen María (Apocalipsis 12: 6). Allí abre las páginas del tratado y hace leer a otros personajes algunos pasajes en la obra. De los apartados que conciernen al Anticristo se vale Alarcón para delinear a su antihéroe: "ha de venir el hombre de pecado e hijo de perdición y a éste llamamos Antecristo, porque en todo ha de hacer lo contrario que él hizo", escribe el fraile en el Tratado. Ésa es la característica más notoria del personaje alarconiano, y la que inspira algunos de los cuadros más poderosos de la comedia. El lector que se aventure en su lectura quedará boquiabierto, tal como debió quedar el público en el corral, al contemplar la imagen que nos despliega la escena con que arranca la pieza, escrita en unas majestuosas octavas reales que podríamos contar entre los mejores versos de Juan Ruiz, y que Agustín Millares Carlo tildó de "repulsivamente bárbara". En medio de un bermejo paisaje yermo, luego de haber violado a su propia madre, que se nos muestra ataviada "de pieles", contemplamos por primera vez al Anticristo, "vestido de yerba". Ella, lastimosamente, confiesa ser hija del adulterio que Manzer, judío, cometió con su hermana, desposada con Oreb; tiempo después, el dicho Manzer la violaría también a ella, a su propia hija, y la dejaría encinta con apenas 15 años. De esa cadena de "fuerza, adulterio, estupro y torpe incesto", en todo contraria a la pureza que engendró a Cristo, es fruto el Anticristo: "Tú fuiste de tu abuelo, padre y tío, / abominable in-cestüoso efeto". Antes de matar a Abá, su madre, el Anticristo, que así presentado se ha vuelto ya detestable para el auditorio, dice: Resuelto al parricidio detestable, por ser a Jesucristo en todo opuesto, te quise hacer del todo abominable, cometiendo contigo torpe incesto; que fue su madre virgen inviolable después y antes del parto, y yo con esto incestüosa madre vine a hacerte en la cuna, en el parto y en la muerte. En todo opuesta a esta figura femenina, ultrajada e impura contra su voluntad, resplandece la de Sofía, una de las mujeres más poderosas e interesantes de la dramaturgia alarconiana. De este personaje cabe hacer una lectura, como he ya sugerido, en clave mariana. En el Génesis, Dios había vaticinado que la mujer quebrantaría con su pie la cabeza de la serpiente (3: 15), lo cual se ve cumplido, según los cristianos, en la Virgen María que, inmaculada, vence al pecado; también se identifica con la madre de Cristo la mujer que vence al dragón en el capítulo 12 del Apocalipsis. En la tercera jornada, esas profecías se ejecutan en Sofía que no sólo resiste, como he mencionado, los embistes del Anticristo, sino que termina venciéndolo. Una didascalia en la tercera jornada indica: "Cae el Anticristo, y Sofía le pone el pie en la cabeza". Aquél, derrotado, se lamenta: "...fue vencido / de una mujer el Averno!"; ésta, victoriosa, exclama: De tu loca obstinación conoce el yerro infeliz, vencido de una mujer que te ha podido poner el pie sobre la cerviz. Prácticamente no hay comedia en los Siglos de Oro, sea cual fuere su tema, sin amores. Como hemos visto hasta ahora, en su obra Juan Ruiz de Alarcón ha interpretado los textos sagrados, ha hecho a sus personajes citar a doctos autores cristianos, ha hecho cumplir profecías a la vista del público; sin embargo lo que termina de condimentar la trama es el arrebatado amor que el Anticristo padece a causa de Sofía, el cual no predijo san Juan ni advirtió fray Nicolás Díaz: es pura inventiva de Juan Ruiz. Queda claro que el autor nos ofrece en su pieza una curiosa mezcla de amor y teología: podría, pues, hacerse una interpretación de índole teológica acerca de las implicaciones que supone el hecho de que el Anticristo se enamore de una mujer que encarna a la sabiduría y comparte rasgos con la Virgen María, pero quizá sería ir más allá de lo que el autor querría. El Anticristo se enamora de la dama como lo haría un caballero en la comedia de capa y espada (aunque quizá con algo más de lascivia que la habitual): es sí, hijo del demonio, pero en "humanado sujeto", y como él mismo refiere, es precisamente su parte humana la que desea a la hermosa Sofía: ...la beldad peregrina de tu rostro soberano me dice que soy humano, pues me vences por divina. Entre los amores imposibles de comedia, éste, entre la plena virtud y el pecado encamado, mortales enemigos, ocupa, sin duda, un sitio privilegiado. Octavio Paz escribió en La llama doble que en todo amor se presenta el "diálogo entre el obstáculo y el deseo" y que éste "asume siempre la forma de un combate". Sofía, por supuesto, despreciará los galanteos del hijo del pecado, y a éste lo atormentará el deseo, aun en la cumbre de su diabólico reinado: ¿Posible es, cuando me veo señor de toda la tierra, que me den tan mortal guerra una mujer y un deseo? El público no salía satisfecho del corral sin que hubieran deleitado sus oídos los diálogos de amores pero tampoco sin que lo hubieran movido a risa los chistes y donaires. De esto último se encargaba el gracioso, crucial en las comedias del Siglo de Oro. Se trata de un personaje del pueblo llano (casi siempre es criado del galán principal) y sus motivaciones primordiales son la comida y el dinero; destaca, asimismo, por su ingenio y su sentido práctico de la vida. Si Sofía representa, como ha afirmado Joaquín Casalduero, la sabiduría, la parte más sublime de la naturaleza humana, Balán, el gracioso, es su contraparte, nuestro aspecto terreno que sufre hambre y dolor, que duda. Por eso no siempre está seguro de pertenecer al bando de los cristianos o al del hijo del diablo y, más bien, oscila entre ambos según convenga. El Anticristo asegura: "manjares daré al glotón"; Balán replica: "¿Manjares daré al glotón? / Esta partida me toca. / ¡Albricias!, tripas y boca". En una escena particularmente simpática, Balán saca un bonete (la kipá de los judíos) y un sombrero; "cuando dice que se vuelve judío -señala la didascalia- se pone el bonete, y cuando cristiano, el sombrero". Al ver la cabeza del señor que hasta entonces había servido bajo la planta de la dama, se arrepiente: "¿Qué es lo que miro? Ni vos / sois Mesías ni sois Dios. / Cristiano soy..." Al ver que Sofía no termina con la vida del Anticristo (tarea reservada sólo al Señor), y que éste la prende para llevarla a Jerusalén, vuelve a su antiguo estado: Venciola al fin: desvarío será dejar de creer en quien tiene tal poder... Pues vuélvome a ser judío. Al final, Balán se convence, como era de esperarse, de que el Anticristo no es el Mesías. Como señaló Casal-duero -gran lección de la comedia de Alarcón-, tanto la elevada inteligencia (Sofía) como la "rusticidad, simplicidad y lo instintivo" del ser humano (Balán) son capaces de alcanzar, cada uno a su manera, altísimas verdades. El gracioso, incluso, se convierte en un héroe, a su modo, al desenmascarar la mentira del enemigo con una treta. Dice al Anticristo que tiene un secreto que comunicarle, éste pide que lo haga y Balán, que sabe que para el Mesías no hay secretos, descubre el engaño: ANTICRISTO: Acaba, llégate y di el secreto entre los dos. BALAN: Pues, ¿cómo, si tú eres Dios, hay secreto para ti? Mamola: éste es el secreto que descubrir he intentado a tanto pueblo engañado. El final de El Anticristo no depara al lector demasiadas sorpresas. Desde un inicio, sabemos que el antihéroe deberá ascender desde su estado primitivo -vestido de hierba en el desierto- a lo más alto -"vestido majestuosamente de rey"- para desde aquella altura desplomarse. Juan Ruiz pone la profecía en boca de la madre, que ha visto en sueños el futuro de su hijo: será una chispa que intentará incendiar el mundo entero pero de pronto, abrasada en sus propias llamas, se despeñará hasta las profundidades, diminuta, por los inmensos abismos: Soñé que en cambio de pequeño infante, breve centella al mundo producía, que dilatada en término distante, voraz incendio al cielo se atrevía; y, en veloz precipicio, en un instante, Faetón segundo, al suelo descendía, llenando, si de llamas, de escarmientos cuanta ocupan región los elementos. El Anticristo, que conoce las profecías, conoce también su destino y no se resiste a cumplirlo: "Bien sé que no lo soy [el Mesías]; bien que lo ha sido / Jesús, que es hombre y Dios..." No deja de ser trágica la decisión del personaje de entregarse al juego cruel, algo absurdo, de engañar a los hombres mientras le llega su terrible desenlace, el de reconocer el único objetivo de su existencia: "...yo..., al suelo / por tipo, cifra, epílogo he nacido / de la maldad mayor que ofendió al cielo". La función había transcurrido sin mayores contratiempos. Juan Ruiz de Alarcón estrenaba El Anticristo en un corral de comedias de Madrid y, aunque había deslumbrado ya a su auditorio con numerosos efectos de tramoya (solía hacerlo también en sus comedias de magia), reservaba lo mejor para el final. El falso Elías había volado sobre una nube, habían hablado las cabezas de los decapitados, pero aún faltaba ver a Diego de Valle-jo, actor que interpretaba al Anticristo, subir atado a un cable a lo alto del foro, ser derribado desde ahí por el arcángel Miguel y descender, dando maromas en el aire, hasta la parte inferior del tablado por un escotillón. Fue en ese momento cuando las bombas fétidas comenzaron a surtir efecto. Vallejo, al ver que algunos huían a toda prisa del foro y otros más se desmayaban, no se atrevió a ejecutar la acrobacia. Su esposa, Luisa de Robles, en el papel de Sofía, decidió salvar valerosamente lo que quedaba del gran final y se arrojó con agilidad a los infiernos, quizá ante la estupefacción de Lope de Vega y compañía o de quien sea que haya planeado el ataque. Esta actriz es heroína por partida doble: como Sofía, salvó al mundo de las huestes del Anticristo; como Luisa de Robles, la puesta en escena que protagonizaba. La obra del dramaturgo novohispano que tiene el lector entre las manos se ocupa de un tema que desde hace siglos fascina a Occidente; está presente desde el Antichristus, en latín, escenificado en la Edad Media alemana, pasando por El juicio final, auto en náhuatl de la temprana evangelización mexicana, hasta llegar a Rosemary's Baby de Roman Polanski. Sin embargo, pocas veces en la historia del arte el fin de los tiempos, la llegada del hijo de Satanás al mundo y la eterna lucha entre el bien y el mal se han tratado de manera tan original y divertida como en El Anticristo de Juan Ruiz de Alarcón. JORGE GUTIÉRREZ REYNA

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