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Libros UNAM

La industria y la suerte

La industria y la suerte

 

ISBN: 9786073003735

Autor(es): Juan Ruiz de Alarcón

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial / Secretaria de Cultura de Guerrero

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

MXN$110
ISBN/ISSN 9786073003735
Entidad Académica Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
Edición o Número de Reimpresión 1a edición, año de edición -2018-
Tema Literatura universal
Coedición Secretaria de Cultura de Guerrero
Número de páginas 184
Tamaño 10 X 16 x 1.1
Terminado o acabado rústico
Contenido PRESENTACIÓN ………………………….…7
PRÓLOGO …………………………………..11
PERSONAS ………………………………….25
ACTO PRIMERO …………………………..27
ACTO SEGUNDO ……………………….…77
ACTO TERCERO …………………………131

Detalles

La industria y la suerte es una comedia temprana, publicada en la Parte primera de las comedias de Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (Madrid, 1628) pero muy probablemente escrita muchos años antes, durante la estancia de nuestro dramaturgo en Sevilla en los primeros años del siglo xvii. Esa luminosa ciudad andaluza era por entonces la gran capital del comercio español. El término “industria” puede prestarse a alguna confusión. En los Siglos de Oro significaba “destreza, habilidad”, también “ingenio, maña o artificio”, incluso podía tener un sentido muy cercano al de “engaño”, y ese sentido es el que termina predominando en esta comedia en la que encontramos constantemente la oposición de ambos términos: industria y suerte.

Juan Ruiz de Alarcón

Nacido en Taxco en 1572, fue el dramaturgo más importante del barroco novohispano y también un destacado autor de la escena madrileña, donde se codeó con los grandes dramaturgos del momento: Lope de Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Tirso de Molina y otros. Vivió aproximadamente la mitad de la vida en su tierra natal y el resto en la tierra de sus ancestros (donde murió en 1639), y es un ejemplo de la continuidad literaria y cultural que existía entre el Viejo y el Nuevo mundos.

La industria y la suerte es una comedia temprana, publicada en la Parte primera de las comedias de Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (Madrid, 1628) pero muy probablemente escrita muchos años antes, durante la estancia de nuestro dramaturgo en Sevilla en los primeros años del siglo XVII, o poco después de que dejó esa ciudad. La luminosa ciudad andaluza era por entonces la gran capital del comercio español; en ella se concentraban y se distribuían las abundantes riquezas y mercaderías que llegaban en barcos desde América, y también las que salían hacia el Nuevo Mundo. Por sus calles llenas de vida transitaban personas de muy distintos orígenes y ocupaciones; en su mercado, o lonja, se concertaban diversos negocios destinados a crear grandes fortunas y, ocasionalmente, también grandes infortunios. El prestigio y el poder se fraguaban al calor del oro: muchos hombres de las clases trabajadoras lograban hacerse ricos en poco tiempo, y gracias a ello, se veían en la posibilidad de emparentar con las familias nobles mediante casamientos de conveniencia. Por otro lado, podían hundirse barcos enteros cargados de todas las riquezas de una persona o una familia y dejarlas, de un momento a otro, en la ruina, como le sucede al protagonista de esta comedia, un galán de noble ascendencia que pierde toda su riqueza cuando naufraga el barco que volvía de América a España cargado con oro. La comedia abre precisamente con el enfrentamiento entre los dos galanes principales por el amor de una dama: el comerciante rico y el noble empobrecido, a quienes los criados se refieren despectivamente como "este mercader" y "un desnudo". A partir de ese momento el tema del dinero será un leitmotiv, tanto en la pintura de los caracteres como en el diseño de la trama. Al mercader (Arnesto) se refieren todos como "el Midas de Andalucía" y, por supuesto, es considerado unánimemente como el mejor partido para Blanca, la dama bella, virtuosa y sobre todo inteligente que se permite pensar por su cuenta. En cambio, para su rival don Juan, el empobrecido caballero noble y enamorado que lleva dos años cortejando a Blanca, el mercader "Es un hombre solamente/ fabricado de dinero." Y es muy probable que también para Alarcón lo fuera. En efecto, el dramaturgo nos pinta al nuevo rico como un bobo fanfarrón de más que dudosa calidad moral, que no duda en contratar matones para deshacerse de su contrincante: [. . .] tú buscarás, Sancho, dos o tres valientes, destos que pagados dan muertes y heridas, que quiero hacer, sin riesgo, al dinero homicida de don Juan. Además, valiéndose únicamente de su riqueza, Arnesto monta escenas artificiales para hacer demostraciones de alcurnia y poder y, en última instancia, estará dispuesto a abusar física y moralmente de la dama en caso de no verse favorecido por ella. Por otra parte, es difícil no pensar en Alarcón y en sus años de juventud en el ambiente glamoroso y competitivo de la Sevilla de principios del siglo XVII cuando vemos al personaje de don Juan, caballero discreto y sensible que debe luchar contra varias desventajas personales y circunstanciales en un ambiente que, de entrada, no lo favorece. Y son precisamente la sensibilidad y la inteligencia de nuestro dramaturgo lo que le permite una notable finura y profundidad a la hora de esbozar la sicología de algunos de los personajes en esta comedia, cosa que ha llevado a afirmar que con ella Alarcón inaugura la comedia de caracteres. Sin duda, en La industria y la suerte, el personaje mejor delineado es Blanca, la dama principal. Se trata de una mujer con un claro sentido ético, que lee y tiene libros, que sabe escribir y hablar por medio de enigmas y alegorías cuando ello conviene a sus propósitos, posee gran sentido del humor y clara inteligencia emocional, y por otra parte sabe ser irónica, persuadir con suavidad y descifrar certeramente las cualidades y los motivos de quienes la rodean. Por eso, en el contexto mercantilista y metalizado al que me he referido, es doblemente afortunado el nombre que elige para ella Alarcón: además de aludir a la blancura de la tez -que era lo que ahora podríamos llamar un "valor agregado" en la mujer- blanca era, en el siglo VIII, un tipo de moneda. De ahí el ingenioso y muy andaluz piropo que limen le lanza a la dama, emocionado tras escuchar lo bien que ha hablado: ¡Bien haya quien te parió, y bien haya el monedero que supo batir a escuras blanca de tan alto precio! Tras esta bendición a los progenitores de Blanca (a la madre que la parió y al padre, o monedero, o sea el que fabricó a oscuras y supo batir, "acuñar", semejante moneda), el criado se permite elogiar el lenguaje y el estilo de la dama, su propiedad, concisión y novedad en el uso del equívoco: ¡Con qué estilo tan discreto, con qué cifras tan agudas, con qué equívocos tan nuevos te ha sabido dar favores y de Sol pedirte celos! ¡Con qué términos tan propios, tan breves y verdaderos, prosiguió la alegoría de la luna, el sol y el cielo! A continuación observa que está muy por encima del de los malos poetas culteranos, que abusaban de los juegos de ingenio, de las palabras excesivamente rebuscadas y la sintaxis retorcida y palabrera que no transmite ningún contenido: ¡No como algún presumido, en cuyos humildes versos hay cisma de alegorías y confusión de concetos, retruécano de palabras, tiquimiqui y embeleco, patarata del oído y engañifa del ingenio; que bien mirado, señor, es música de instrumentos que suena y no dice nada [...] Llama la atención escuchar, de boca del criado, una apreciación como ésta que, bajo el tono desenfadado, denota cierto conocimiento de las ideas y la jerga literarias del momento. Y más aún la llama escucharle símiles de sabor casi épico, como el que utiliza el mismo Jimeno para hacer un conmovedor encarecimiento del amor de don Juan por Blanca. Cuando el caballero se empeña en entrar en la habitación donde supuestamente su amada está haciendo el amor con el rico fanfarrón, el criado le pregunta, incrédulo, si de veras quiere presenciar su agravio. El caballero enamorado le responde que le resulta imposible no hacerlo, y entonces Jimeno observa: Así el padre a quien la muerte le quita su hijo amado, por más que le aflija el verlo quiere que muera en sus brazos. Es igualmente sorprendente, por la intensidad de sentimiento que pone de manifiesto, este otro momento lírico que tiene el galán enamorado tras el repentino desengaño que sufre ante la evidencia de que su amada se ha entregado al otro: ¿Qué es del honor no tocado para quien mis pensamientos ni aun los ojos levantaron? ¿Dónde está la honestidad que yo veneraba tanto, la fingida compostura y el hipócrito recato? Los ídolos que adoré por tierra están derribados; la ciudad de mis tesoros miro en poder de un tirano. Estos últimos versos bien podrían leerse como una nostálgica evocación de la destrucción de Tenochtitlán puesta en boca de un antiguo habitante de la ciudad, tal como observó Willard F. King en un estupendo libro sobre Alarcón. En ese caso, sería una de las dos únicas ocasiones en que nuestro dramaturgo se refiere a México en sus comedias. La otra es un pasaje de El semejante a sí mismo donde habla de los impresionantes trabajos de ingeniería que el virrey Luis de Velasco encargó a Enrico Martínez para el desagüe de la Cuenca de México (como quedó señalado en el prólogo a la edición de dicha comedia, ya publicada en la presente colección). Esta lectura sería un argumento más para defender una fecha temprana de composición de La industria y la suerte (entre 1606 y 1608), durante el periodo sevillano de Alarcón, cuando estaba todavía muy viva la memoria de su tierra natal, frente a quienes la han fechado en un momento mucho más tardío (alrededor de 1620). Volviendo a Jimeno, sin duda es un personaje mucho mejor caracterizado que el otro criado de la comedia, Sancho, que vive al servicio del mercader; así que también en ese aspecto, en los criados que les sirven, contrastan los dos galanes. De Jimeno puede decirse que está a la altura de su señor -y de su autor. En efecto, además de ser muy sensato cumple sin duda con el papel de gracioso que le corresponde como criado en una comedia áurea; por ejemplo, cuando, para poder espiar al enemigo de don Juan, se hace pasar por un ciego que reza por encargo. En esa ocasión pronuncia una oración algo irreverente a san Pedro, en la que le dice al santo que, como fue pescador, por mucho que hubiera tomado el hábito en la santa compañía de Jesús, olía a pescado. Pero además Jimeno tiene sensibilidad literaria y penetración sicológica, como hemos visto, y es, por añadidura, un excelente narrador. En una escena se complace porque sí en pintarnos al vivo un "rizado mozalbito, casco alegre y pie liviano" -lo que hoy llamaríamos un "niño bien" o un "mirrey"- que sale a lucirse en coche por la ciudad, buscando llamar la atención de las muchachas y haciendo mil tonterías: [- -] si es posible, acompañado de un amigo de buen gusto. Anda, para, vuelve, espera: no me muelas, más de espacio, muy bracicaído y lacio, perniabierto en la testera... soltar la capa, y perdiendo un poco más la vergüenza, quitar al cuello la trenza, irse acá y allá cayendo. "Arrima a mano derecha", y arrojándose al estribo, echar con mirar altivo a la ventana una flecha; y en pasando, todavía volver a mirar atrás, quizá no teniendo más que ver allí que en Turquía [...] La otra narración, más breve, que Jimeno introduce en el entramado dramático de esta comedia es una ilustración de cómo los engaños y maquinaciones de los hombres para forzar el curso natural de las cosas pocas veces llevan a buen fin. Es el cuento del "valiente de embeleco" que quiere impresionar a su dama; les pide a dos amigos que vayan a colocarse bajo la ventana de ella y finjan pretenderla, de manera que él pueda lucirse con una "pendencia de tramoya", es decir, hará como que los embiste con furia y ellos huirán visiblemente atemorizados. Al final, naturalmente, la trampa no funciona porque entran en escena otros dos pretendientes, que no son de embeleco y que no estaban contemplados en el plan. Dentro de esta comedia de caracteres, entonces, Jimeno es otro personaje muy bien delineado que, decíamos, está a la altura de su autor. Nuestro dramaturgo, que venía de estudiar derecho en la Universidad de México y después en la de Salamanca, ejerció la profesión de abogado en Sevilla, y en esa ciudad chispeante gozó del tiempo libre suficiente como para disfrutar de la intensa vida cultural y literaria del momento, participar en tertulias, juegos y justas poéticas, y gozar de aceptación entre los círculos de poetas y caballeros cultos. Sabemos que en julio de 1606 participó en dos justas. De una de estas celebraciones, la fiesta de San Laureano, nos ha llegado una detallada relación en forma de carta que cuenta, entre otras cosas, cómo un animado grupo de amigos leyeron versos burlescos que fueron dictaminados, también en tono de chunga, por un supuesto tribunal poético. La carta narra también cómo, después de que se leyeron los poemas, Alarcón mostró su persona, seguramente ostentando su joroba en forma deliberada, para aumentar aún más la risa que había producido toda aquella representación carnavalesca. Este episodio de la vida del dramaturgo, que nos lo muestra transformado en gracioso, nos permite ver por un momento el envés de su toga de abogado y aspirante a la Real Audiencia; además nos hace preguntarnos si acaso la pareja de comedia formada por el galán y el gracioso no constituye, en realidad, más que un solo personaje de carácter complejo y polifacético. Por otra parte, es indudable que todas estas actividades artísticas y culturales y, en general, el estilo de vida que Alarcón siguió en Sevilla fueron un acicate para el desarrollo de la notable agilidad y variedad de su versificación, así como para la clara intencionalidad que subyace a sus decisiones formales. En La industria y la suerte, como sucede con el resto de sus comedias, las estrofas métricas que marcan el ritmo básico son el romance y la redondilla, y sobre esas se entretejen otras que, al cambiar el ritmo, resaltan por contraste. Por ejemplo, las quintillas enmarcan, contra un fondo continuo de redondillas, la carta de amor que don Juan le envía a Blanca en el acto primero; y lo mismo sucede con la respuesta de la dama. En el acto segundo, los tercetos endecasilábicos se encargan de interrumpir el flujo, ágil y narrativo, de cuartetas octosilábicas, para introducir un tono de grave autoridad, como corresponde al viejo don Beltrán, padre de Blanca, cuando la amonesta paternalmente; y a los tercetos del padre van encadenándose los ponderados argumentos de su hija, construidos en el mismo metro, aunque alterando sutilmente el ritmo. En el último acto otro caballero, enamoradísimo de Sol, también altera el ritmo octosilábico al prorrumpir en liras que le declaran vehementemente su amor a la muchacha. Ella responde con disimulada crueldad, utilizando con soma la misma pauta métrica que el caballero ha marcado, pero burlándose de su cursilería y pidiéndole taimadamente que se aleje. En fin, hacia el final del acto, y en los momentos de mayor dolor, don Juan repite como un ensalmo un mismo pareado endecasilábico. Por último, una aclaración sobre el término "industria", que puede prestarse a alguna confusión. En los Siglos de Oro significaba "destreza, habilidad", también "ingenio, maña o artificio", incluso podía tener un sentido muy cercano al de "engaño", y ese sentido es el que termina predominando en La industria y la suerte de Alarcón. En esta comedia encontramos constantemente la oposición de ambos términos: industria y suerte, como cuando Arnesto, el galán rico, ruega a los cielos que le permitan vencer con industria su suerte enemiga (la suerte es la fortuna, el azar o el destino, y es enemiga porque no lo favorece con el amor de Blanca). Es curioso cómo el sentido de industria va definiéndose poco a poco a lo largo de esta comedia. A medida que avanza la acción vemos que son los personajes menos simpáticos los que recurren obsesivamente a la industria. Alarcón parece decirnos que la mejor maquinación -la mejor industria- puede consistir, precisamente, en la ausencia de ella. En saber callar y observar. Por eso la dama le dice á tramposo Arnesto: "hablad... que dais a entender, callando, / mucho más de lo que pueden/ ofenderme vuestros labios." Y don Juan, de cuya acción casi puede decirse que brilla por su ausencia, es quien termina triunfante precisamente por eso: porque sabe esperar, sabe que la mejor industria suele ser la falta de industria. Por eso cuando se pregunta por la estrategia que debe seguir, responde con claridad: "¿qué he de hacer?... tener paciencia. /Esté de mi parte Amor,/ que yo tendré a mi favor,/ aunque pobre, la sentencia." Una conclusión que puede parecer paradójica: en la vida sólo los menos inteligentes -y los que tienen menos nobleza de alma- recurren a la industria para lograr sus deseos en contra del destino. ANA CASTAÑO

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