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Libros UNAM

Historia Comparada de las Américas. Siglo XIX tiempo de letras

Historia Comparada de las Américas. Siglo XIX tiempo de letras

 

ISBN: 9786073005319

Autor(es): Weinberg, Liliana / García de la Sienra, Rodrigo

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe / Instituto Panamericano de Geografía e Historia

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

Special Price MXN$105

Precio Habitual: MXN$150

ISBN/ISSN 9786073005319
Entidad Académica Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe
Edición o Número de Reimpresión 1a edición, año de edición -2018-
Tema Literatura
Coedición Instituto Panamericano de Geografía e Historia
Número de páginas 504
Tamaño 23 x 15 x 3.2
Terminado o acabado rústico
Idioma Español

Detalles

La decisión de dar a la presente obra un título que considera el siglo xix americano como un tiempo de letras obedece al reconocimiento de la estrecha relación que las dimensiones de la historia y la literatura evidenciaron en esa época, tanto en los procesos de emancipación de un viejo orden y construcción de uno nuevo como en el ejercicio de pensarlos y nombrarlos.
Para toda América se abría nada más y nada menos que la oportunidad de reescribir la historia. En este volumen participan veintitrés investigadores de distintos ámbitos académicos, especialistas en el campo de los estudios históricos, literarios y artísticos del siglo xix.

Weinberg, Liliana

Doctora en Letras Hispánicas por El Colegio de México y doctora honoris causa por la Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas. Es investigadora titular del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma casa de altos estudios, donde imparte cursos sobre Estética y Ensayo. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel III) e integrante de la Academia Mexicana de Ciencias. En diciembre de 2013 recibió el Premio Nacional a la Investigación Socio-Humanística otorgado por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

García de la Sienra, Rodrigo

Doctor en Estudios Románicos, Université Paris 4-Sorbonne, Francia (2004). DEA (Máster) Estudios culturales, lenguas mediterráneas y romances, Université Paul Valéry-Montpellier 3, Francia (2000). Licenciado en lengua y literatura hispánicas de la UNAM (1999). Es Investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Lingüístico Literarios de la Universidad Veracruzana. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), y funge como responsable técnico del proyecto "Teoría Literaria Latinoamericana", financiado por el fondo de ciencia básica SEP-Conacyt. Se ha desempeñado como lector-dictaminador en diferentes áreas del Fondo de Cultura Económica.

UN SIGLO DE LETRAS Liliana WEINBERG La decisión de dar a la presente obra un título que considera el siglo XIX americano como un tiempo de letras obedece al reconocimiento de la estrecha relación que las dimensiones de la historia y la literatura evidenciaron en esa época, tanto en los procesos de emancipación de un viejo orden y construcción de uno nuevo como en el ejercicio de pensarlos y nombrarlos. Para toda América se abría nada más y nada menos que la oportunidad de reescribir la historia. Las singulares etapas que vivieron las distintas regiones americanas en el siglo XIX abarcan, a grandes rasgos, los procesos de independencia; la fundación y consolidación de las modernas naciones del área; la institución de nuevos ordenamientos jurídicos; los avances poblacionales sobre territorios hasta entonces inexplorados y la expansión de las fronteras; las fuertes tensiones y luchas intestinas -que en muchos casos alcanzaron la gravedad de guerras civiles- entre distintas regiones y proyectos; los enfrentamientos entre programas liberales y conservadores; el caudillismo; los renovados intentos de restauración imperial; los procesos de modernización y consolidación del Estado, con el avance del modelo positivista, así como la paulatina apertura comercial a los nuevos términos de la producción y el intercambio internacional, acompañados de los avances científicos y tecnológicos identificados con la revolución industrial: el vapor, el ferrocarril, el correo, la imprenta y el telégrafo dotaron de nuevo ritmo a la circulación y el contacto de personas, bienes e ideas, y aceleraron a su vez otros procesos como el aumento del comercio, el crecimiento demográfico y la creciente urbanización. Resulta válido pensar, con Eric Hobsbawm, que se trata de un largo siglo XIX, que arranca en 1789 con la Revolución Francesa y concluye en 1914 con la Primera Guerra Mundial. También para muchos historiadores latinoamericanos se trata de un largo siglo que, según algunos de ellos, como Nelson Osorio, empieza incluso a fines del siglo XVIII con la llegada de Francisco de Miranda a Londres en 1790, los comienzos de la revolución haitiana, la "Carta" y el "Proyecto" inaugurales de Juan Pablo Viscardo y la publicación en Lima y La Habana de los primeros periódicos americanos que alcanzaron continuidad, y concluye hacia 1910, con el estallido de la Revolución Mexicana y el crepúsculo del movimiento modernista, mientras que para otros especialistas concluye incluso más tarde, conforme avanza la instauración del orden neocolonial. No pretendemos olvidar que el siglo XIX fue también una época de revoluciones y convulsiones, de sangre y enfrentamientos, de efervescencia política, así como fue también una época de transformaciones en el orden de la sociedad, la cultura, la economía, la ciencia y la tecnología. Sólo hemos querido poner el acento en la palabra, en cuanto contribuyó a fundar un nuevo orden y a darle legibilidad; en la letra impresa, en cuanto ayudó a difundir y multiplicar las ideas a la vez que a conquistar y reconfigurar el ámbito de lo público; en la literatura, en cuanto entró en diálogo productivo con la historia y permitió que la sociedad se asomara a un nuevo orden: el de la imaginación. Fenómenos como la redacción de constituciones y leyes, la multiplicación de periódicos y otras publicaciones gracias a la imprenta, el surgimiento de nuevas prácticas y modalidades discursivas, el establecimiento de redes letradas interesadas en la difusión del republicanismo primero y del liberalismo o del positivismo más tarde, y la consolidación de nuevos cuadros para la administración, son algunos de los aspectos en los que ha cumplido un papel clave el sector letrado, que a lo largo del siglo vivirá un proceso de crisis y recambio en su composición. Las letras contribuyeron además a dar cuenta de los nuevos tiempos así como de la reconfiguración de paisajes rurales y urbanos: libros de viaje, retratos literarios y descripción de figuras y costumbres, registro de observaciones científicas, crónicas y artículos periodísticos acompañan el ritmo de una sociedad en crecimiento y toda una constelación de manifestaciones en prosa y en verso contribuye a poblar los nuevos imaginarios y traducir artísticamente las distintas formas de sociabilidad. Es preciso subrayar el carácter instituyente, fundacional, que tuvieron muchos de los proyectos en que participaron los representantes de esa esfera que Ángel Rama denomina "la ciudad letrada": pensemos, por ejemplo, en sus aportes a la redacción de cartas, discursos y proclamas que buscaban llamar a la lucha por la independencia, así como, ya consumada ésta, en su contribución a la redacción de los documentos fundacionales que permitieron dotar de un nuevo marco legal a las nacientes repúblicas, a la vez que más tarde su participación en discursos y debates en defensa de distintos proyectos de nación, regulación y modernización de la sociedad. Pero pensemos también en sus aportes a la imaginación de América, ya que poesía, teatro, narrativa, ensayo fueron fundamentales en la construcción simbólica de un sentido de lo americano y posteriormente en la afirmación identitaria de las nacientes formaciones nacionales. Las letras acompañan a viajeros y cronistas, contribuyen al discurso político e histórico y participan también en la construcción de los conceptos y los símbolos que permiten a la vez hacer nombrables e inteligibles los procesos y, más aún, hacer del ejercicio de la palabra un verdadero acto de instauración de sentido para la conformación de nuevos paisajes sociales y construcción de nuevas perspectivas imaginarias. Nuestras consideraciones son afines desde esta perspectiva a la de los autores que participan en otra obra de título muy elocuente, compilada por Hugo Achugar: La fundación por la palabra (1998). Otro tema particularmente relevante para nuestro libro es el esfuerzo, que a lo largo del siglo XIX se hizo cada vez más notable, de avanzar en la búsqueda de una emancipación intelectual que permitiera completar y consolidar la emancipación política y dotar de una mayor presencia a las jóvenes naciones de América en el mundo. Ir en busca de esa emancipación y de un perfil propio conlleva también el propósito de ir en busca de aquello que Pedro Henríquez Ureña llama "nuestra expresión". Por otra parte, como han mostrado distintos estudiosos, el de la literatura se convierte en el siglo XIX en discurso de discursos, y tiene la capacidad de dar cuenta de otras prácticas culturales y nombrarlas: tal es el caso del modo en que acompaña y explica la construcción y la dotación de sentido de los símbolos nacionales (se relata la gesta de la independencia, se componen himnos nacionales, se explica el significado de los escudos, las banderas, los monumentos y las ceremonias patrias). La literatura pasa así en muchos casos a constituirse como el centro que imanta otros discursos y prácticas culturales: de allí que tocara a las letras ocupar un lugar principal en cuanto el quehacer literario contribuyó a alimentar y sentar las bases del discurso sobre la nacionalidad, a "imaginar" las nuevas comunidades para tomar el término de Benedict Anderson - y a fundar o cuando menos reforzar nuevas miradas sobre la historia y el espacio, al punto de convertirse en una apoyatura fundamental para los nuevos proyectos de construcción de la nación y de la nueva sociedad, para la cimentación de un sentido fuerte de tradición y pertenencia orientados hacia el pasado y hacia el futuro, todos ellos apoyados en una narrativa que se correspondió fuertemente con el discurso de la historia. De allí el nombre elegido para el presente volumen: el siglo XIX puede ser pensado como un siglo de letras. Muchas son las figuras que comienzan a establecer una relación fuerte entre historia y literatura, mientras que las academias, los salones, los periódicos, inauguran nuevos marcos de sociabilidad donde se discuten las condiciones para una historia y una literatura "nacionales" (como lo harán Del Monte en Cuba, Echeverría y el Salón Literario en el Río de la Plata, y escritores fundacionales como el argentino Sarmiento o los mexicanos Ramírez y Altamirano, entre otros). Es evidente que mucho queda todavía por hacer, ya que es necesario examinar la complejidad de los procesos, no exentos de tironeos y contradicciones: los sectores letrados delinean a su vez nuevas fronteras sociales a través de operaciones simbólicas que en muchos casos implicaron marginación y exclusión de amplios sectores de la sociedad. Hondas son las repercusiones de la tensión entre letra y ciudadanía. Tampoco contamos aún con los suficientes estudios comparativos generales y de largo aliento que permitan reconsiderar categorías que, como las de 'neoclasicismo', 'romanticismo', 'liberalismo', etc., se ven cada día más precisadas de una revisión crítica en cuanto superponen elementos históricos, políticos, literarios, estéticos y en muchos casos pueden ser vistas como categorías inspiradas en modelos europeos: esas "ideas fuera de lugar" a que se refería Roberto Schwarz en un ensayo fundamental publicado por primera vez en el año 2001. Es así como la posibilidad de emprender una historia comparada de la producción literaria en ambas Américas en el siglo XIX sigue todavía abierta. Se cuenta con valiosos precedentes, comenzando por las tempranas iniciativas surgidas en el propio siglo XIX en la pluma de Andrés Bello, Juan María Gutiérrez o Ignacio Manuel Altamirano -para tomar sólo algunos nombres representativos-, así como muchos otros aportes procedentes de animadores e integrantes de asociaciones literarias, publicaciones periódicas y proyectos editoriales americanos de la talla de Repertorio Americano. Y ya en el siglo XX, más cercanos a nosotros en el tiempo, a los aportes señeros de Pedro Henríquez Ureña en Las corrientes literarias en la América Hispánica (publicada en inglés en 1945 y en traducción al español en 1949) y en Historia de la cultura en la América Hispánica (1947) o de Mariano Picón-Salas en De la conquista a la independencia; tres siglos de historia cultural latinoamericana (1944), deben hoy sumarse nuevos y valiosos proyectos de reescritura de una historia de nuestras letras. Tal es el caso de la obra de José Miguel Oviedo, Historia de la literatura hispanoamericana, en cuatro volúmenes (1997) o la publicada en Estados Unidos por dos grandes comparatistas: me refiero a la obra colectiva editada por Mario J. Valdés y Djelal Kadir, Literary Cultures of Latin America. A Comparative History, en tres volúmenes (2004), a las que podemos sumar la emprendida en años posteriores por Roberto González Echevarría y Enrique Pupo-Walker, titulada Historia de la literatura hispanoamericana, en dos volúmenes (2006), así como la Historia de la cultura literaria en Hispanoamérica, a cargo de Dario Puccini y Sala Yurkievich, también en dos volúmenes, publicada en español en 2010. Ellas representan algunos de los más destacados aportes en la materia. Existen además en el campo de los estudios literarios y la historia de los intelectuales grandes iniciativas de conjunto recientes, procedentes del ámbito latinoamericano, como la encabezada por Carlos Altamirano como director de la Historia de los intelectuales en América Latina (2008), aunque siguen siendo escasos los estudios comprehensivos con que contamos hasta el momento y que aborden de manera comparativa la literatura del siglo XIX en toda América. Otro tanto puede decirse de temas tan amplios con el de la relación entre historia y literatura o historia e historiografía literaria, para los cuales ha sido fundacional el trabajo de Beatriz González-Stephan, quien participa en el presente volumen. Para el tema que nos ocupa, contamos también con el valioso precedente de la obra de Nelson Osorio, Las letras hispanoamericanas en el siglo XIX.' Allí el estudioso chileno fija la siguiente periodi7ación: las letras de la Emancipación (1791-1830), la organización de los Estados nacionales (1831-1880), la modernización dependiente (1881-1910). Otros estudiosos, como el ya citado Oviedo, prefieren establecer una periodización a partir de los fenómenos literarios y la obra de los principales representantes de las distintas épocas: "Entre neoclasicismo y romanticismo", "El romanticismo y la gauchesca rioplatense", "La expansión romántica en el continente", "La transición hacia el realismo y el naturalismo", "Albores del modernismo", "Rubén Darío, Rodó y sus discípulos". Si bien hay mucho avanzado en ciertos aspectos en particular (estudios dedicados a la novela histórica o a la relación entre literatura y vida nacional, por ejemplo), y si bien existen admirables y originales estudios monográficos sobre temas, problemas, etapas o autores específicos, se hace necesario renovar las relecturas y discusiones iniciadas en la década de los setenta y ochenta, como las que aparecen en obras coordinadas por César Fernández Moreno o Ana Pizarro, y propiciar nuevos estudios que retomen estas cuestiones de manera comparativa, con distintos especialistas a nivel nacional, regional e internacional, así como abogar por un diálogo en que confluyan los quehaceres de historiadores y críticos literarios. De la primera de dichas obras colectivas, América Latina en su literatura -que integra a su vez una colección más amplia que permitió poner en diálogo las letras con otras manifestaciones de la vida latinoamericana-, recupero una certera expresión acuñada por José Luis Martínez, quien colabora con una revisión del siglo que nos ocupa: "El siglo XIX y el aprendizaje de la libertad". Se trata de una expresión que se puede hacer extensiva a toda América, así como se puede aplicar también su preocupación -compartida por muchos estudiosos- respecto de que el siglo XIX es el de la búsqueda de la independencia intelectual o de la "emancipación mental". Por su parte, los trabajos realizados bajo la coordinación de Ana Pizarro en La literatura latinoamericana como proceso (1985) y Hacia una historia de la literatura latinoamericana (1987), constituyen una valiosa recopilación de reflexiones y discusiones adelantadas por los teóricos y críticos literarios más importantes del continente, como Antonio Candido, Antonio Cornejo Polar, Rafael Gutiérrez Girardot, Roberto Schwarz, Domingo Miliani, entre otros, algunos de los cuales se dedican particularmente a los problemas de historia literaria y periodización. Estas y otras preocupaciones por poner en diálogo literatura y cultura se retomarán años después en los tres volúmenes corales de América Latina. Palavra, Literatura e Cultura (1993-1995), también coordinados por Ana Pizarro, en los que participan varias de las voces más representativas de la crítica latinoamericana. Al poner en relación palabra, literatura y cultura, se estaba inaugurando una nueva época para los estudios literarios, ya que muchos de los trabajos de corte tradicional y las categorías de análisis acostumbradas son hoy repensados a la luz de estos nuevos enfoques, alimentados a su vez por los aportes provenientes de la historia cultural, la historia de las ideas, la historia intelectual, la historia conceptual, el estudio de periódicos, revistas, redes y diversas formas de sociabilidad intelectual, así como nuevas líneas de estudio que hacen de los propios conceptos de colección, biblioteca y archivo temas centrales a la hora de interpretar los documentos. En las últimas décadas, los nuevos acercamientos y la apertura a distintos ámbitos de investigación dieron pie a un renovado interés por el tratamiento de fenómenos, sujetos y prácticas por mucho tiempo desatendidos: se abrió así un amplio abanico de discusiones y se determinaron nuevos objetos de estudio y nuevas formas de abordaje, tales como la inquietud de atender a la producción artística y las prácticas culturales de sectores de la población y fenómenos por mucho tiempo postergados, cuando no marginados o excluidos, como el de la oralidad o la relación entre la escritura y el soporte material, y otro tanto sucede con la necesidad de incrementar el diálogo entre los estudiosos y las tradiciones de pensamiento: temas todos que hoy es preciso tomar en cuenta -así sea de manera crítica- a la hora de volver a considerar la posibilidad de emprender una historia comparada de la producción literaria en ambas Américas en el siglo XIX. Esta tarea sigue todavía abierta, como sigue abierta la posibilidad de rastrear recurrencias y diferencias en procesos y en acentos: también para Estados Unidos y Canadá es posible determinar temas y problemas fundamentales para un análisis comparativo. Enumeremos algunos, sin afán de agotar tan rica materia: el paso del orden colonial al orden independiente, la exploración y el poblamiento de nuevos territorios, la forja de la nacionalidad, los debates y tensiones entre proyectos políticos, la emergencia de una nueva idea de ciudadanía, a la vez que algunas notas que dotan de particular carácter a su historia: los fenómenos de avance territorial y fronterizo para el caso de Canadá o la permanencia del sistema esclavista en ciertas regiones, la guerra civil entre los estados del norte y el sur, los comienzos de la marcha hacia el oeste y la expansión territorial de los Estados Unidos, etc. Consideremos también, en el ámbito de las ideas, la preocupación por textos y figuras fundacionales, el vínculo entre procesos de ciudadanización y educación, la relación entre el iluminismo heredado del XVIII con el neoclasicismo, el liberalismo, el romanticismo, o la emergencia de manifestaciones clave como la poesía y la narrativa, y en particular la novela histórica, así como los enfrentamientos entre regiones y modelos civilizatorios y, ya avanzado el siglo XIX, la consolidación de una nueva concepción del mundo ligada al realismo y al naturalismo. Muchos son además los fenómenos y desafíos que nos vinculan, tal como la relación que tuvo la declaración de Independencia norteamericana y el dictado de su constitución, para los procesos independentistas de Hispanoamérica: como ya lo mostró Rafael Rojas en Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la Revolución de Hispanoamérica (2009), las grandes ciudades portuarias de la costa atlántica norteamericana, y particularmente algunas como Filadelfia y Nueva Orleans, fueron epicentro de un poderoso movimiento de publicación y propaganda así como escenario de procesos de edición, traducción, impresión y circulación de los grandes textos cuya lectura nutrió el pensamiento republicano de la emancipación. Varias ciudades norteamericanas fueron también receptoras de distintos grupos de visitantes, viajeros, perseguidos políticos y exiliados. Uno de los momentos significativos que confirman la importancia de las letras para alimentar el sentido de la historia es el de la recuperación de libros y fuentes propias de la etapa colonial de Hispanoamérica por parte de grandes eruditos y coleccionistas: en efecto, fue por iniciativa de bibliófilos como se alimentó la construcción del hispanismo en los Estados Unidos: así lo confirma el estudio de Israel Santiago Quevedo que incluimos en este libro. Muchos de nuestros grandes pensadores y escritores pasaron largos años en los Estados Unidos, donde fueron testigos de un modelo de desarrollo que contrastaron con el hispanoamericano: tal es el caso de Martí, a quien dedicamos una sección especial en la presente obra. Martí vivió y tematizó esa época de avances tecnológicos que habrían de cambiar la dinámica del tiempo y el espacio americanos: el vapor, el ferrocarril, el telégrafo, la fotografía, dieron paso a un nuevo ritmo no sólo en las comunicaciones y la circulación de bienes y personas, sino también en el trazado de los mapas de población, en la vida misma de los individuos y en la convivencia de los distintos sectores de la sociedad: "No hay proa que taje una nube de ideas", escribe un Martí consciente de los avances de la imprenta, las comunicaciones, el hierro y el vapor. Otro tanto podemos decir de nuestra época, en que las nuevas tecnologías aceleran las oportunidades de comunicación, investigación, establecimiento de redes intelectuales y textuales, circulación de propuestas y lecturas, así como el acceso a infinidad de datos, de tal modo que es un imperativo restaurar condiciones de diálogo entre los representantes de las distintas comunidades académicas y entender que la preparación de nuevos proyectos historiográficos relativos a la literatura y el arte no puede ya omitir temas y formas de abordaje en común, con la atención a sectores de la sociedad, culturas y procesos cuyo estudio había quedado por mucho tiempo relegado: como afirman varios de nuestros colaboradores, y particularmente Carlos García-Bedoya, las nuevas historias de la literatura no pueden ser ya resultado de esfuerzos individuales. Por fin, recordemos que también se ha renovado la preocupación por cuestiones de periodización e historiografía literaria propiamente dichas: contamos ya con un libro pionero de Beatriz González-Stephan, La historiografía literaria del liberalismo hispanoamericano del siglo XIX (1987). Hemos pedido a esta misma autora una nueva reflexión sobre estos temas a varias décadas de distancia de la primera edición de su obra y a la luz de las nuevas líneas de investigación y formas de tratamiento de la historia literaria que han ido surgiendo en el campo: es con sus reflexiones como se abre este libro. La presente obra es así fruto del interés compartido por promover el estudio de la relación entre los procesos históricos y literarios del siglo XIX en América, y para ello hemos invitado tanto a especialistas dedicados a cuestiones de historia e historiografía literaria, como a colegas que se encuentran trabajando en nuevas y apasionantes vías de acceso a los textos y al mundo de las letras.

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