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Libros UNAM

Guerras necropolíticas y biopolítica de asilo en América del Norte

Guerras necropolíticas y biopolítica de asilo en América del Norte

 

ISBN: 9786073003360

Autor(es): Estévez, Ariadna

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Centro de Investigaciones Sobre América del Norte / Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

Special Price MXN$140

Precio Habitual: MXN$200

ISBN/ISSN 9786073003360
Entidad Académica Centro de Investigaciones Sobre América del Norte
Edición o Número de Reimpresión 1a edición, año de edición -2018-
Tema Política
Coedición Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Número de páginas 199
Tamaño 23 x 15 x 1
Terminado o acabado rústico
Idioma Español

Detalles

Tres hipótesis vertebran Guerras necropolíticas y biopolítica de asilo en América del Norte: 1) en México se viven dos guerras por la conquista de territorio legal: la guerra contra el narcotráfico y la guerra sobre los cuerpos de las mujeres para disputar su desposesión, con fines de dominación y cosificación sexual; 2) el colapso de la dicotomía público-privado del sistema que encontramos en ambas guerras es lo que genera las solicitudes de asilo, y 3) el biopoder y el necropoder son constitutivos en la gestión neoliberal de las migraciones en América del Norte. Así, a la luz del contraste entre el alto costo humano de la violencia en México y la baja aceptación de mexicanos que solicitan asilo, en esta obra se examina el papel del derecho de Centro de Investigaciones sobre asilo en América del Norte para hombres y mujeres.

Estévez, Ariadna

Es doctora en Derechos Humanos (Sussex University, Inglaterra), maestra en Sociología Política (City University, Inglaterra) y licenciada en Periodismo y Comunicación Colectiva (UNAM). Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) nivel II, y participa en la Law & Society Association y la Red Biopolítica (Chile-Australia). Asimismo, es co-coordinadora del Seminario de Biopolítica y Necropolítica Situadas (UNAM-UACM) y del Seminario Interdisciplinario de Geografía Crítica Legal (CISAN-CEIICH). Imparte los cursos de Derechos Humanos y Migración Forzada y de Introducción a la Investigación Biopolítica y Necropolítica en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM; Perspectivas Críticas de los Derechos Humanos en el Instituto de Estudios Críticos 17 y Los Derechos Humanos desde la Crítica Feminista en el Instituto Simone de Beauvoir. Recientemente obtuvo el Reconocimiento como Catedrática Destacada de la UNAM (Líderes Internacionales, 2017).

PRÓLOGO. CONVERGENCIAS VIOLENTAS, PURGAS TEÓRICAS Y RESISTENCIAS INMANENTES Ricardo Sanín Restrepo* Un buen libro guía al lector, le permite concentrarse en sus espacios más densos y ricos, al tiempo que le fija un ritmo preciso, con descansos que son cadencias, y así una relación de reciprocidad surge entre libro y lector, donde dar y recibir son estabilizados en el texto. Un buen libro, en otras palabras, es mesurado, no corre adelante del lector, ni presume más que de guiar por un espacio que ya ambos, de alguna manera, conocen de antemano. Por el contrario, un muy buen libro es vértigo puro, destituye toda función de predictibilidad con la cual el lector “ataca” el libro; antes bien, lo desnuda y crea un universo completamente nuevo ante sus ojos, donde el espacio y el tiempo, otrora familiares y domesticados, se convierten instantáneamente en un tiempo/espacio que debe ser habitado y construido nuevamente, como el primer día. Un muy buen libro produce una relación de parresia con el lector, donde “saber” no es una forma de representarse el mundo como repetición, sino donde el mundo surge de una interacción mutua multidireccional e intensa, donde leer no es mera contemplación, sino producción fluida y continua de sentidos con los que se lanzan ambos en persecución del mundo. En estos libros no hay un interior de significado sellado en sí mismo, o una autorreferencia obligada de saberes, sino una trama abierta de persistencia, de inmediatez de sensibilidades y aplazamiento de todo punto final y autoritario. Un muy buen libro es un viaje sin retorno, éste es el libro que el lector tiene en sus manos. En el sentido proustiano, se trata de un libro de pura intensidad de la diferencia. ¿A qué me refiero con esto? La tradición occidental de literatura filosófico-política es una práctica sistemáticamente recurrente de copia y repetición, de adoración de los instrumentos ciegos del poderoso. En ella, el autor es una pieza útil al poder establecido y su trabajo se reduce a copiar fielmente el modelo, su teoría se endereza a siempre dar cuenta de unos principios inasibles que se ocultan en el ultramundo metafísico, desde donde un demiurgo ordena todo movimiento y toda dirección; es decir, siem pre hay un modelo oculto (sea dios, el átomo, la mente cartesiana, el sujeto kantiano, la idea hegeliana, la Constitución o la economía liberal) que el autor debe reproducir a pie juntillas en su trayectoria literaria, fruto de una pseudoimaginación preprogramada por principios transcendentes. La agencia política aparece como un esqueleto turbio que debe ser empastado de carne y tejidos, de circuitos y datos, que le den vida, que lo automaticen para devolverlo al mundo real, simplemente como unidad robotizada, como clon del modelo que lo anima. En la dogmática clásica, la literatura se reduce a que el autor, puesto en un estado de agitación pueril, arme un rompecabezas cuya forma final ya está definida de antemano por una estructura invisible. La literatura ortodoxa es, entonces, una forma de anclar profundamente las jerarquías, la homogenización y el silencio, ordenados por un controlador global, y de esa manera pretende naturalizar dichos conceptos bajo tautologías de la guisa “todo lo natural es socializable, todo lo socializable es político y todo lo político es natural; todo lo natural es perfecto y la perfección es natural”. El resultado de esta danza macabra de tautologías es que terminamos sancionando toda jerarquía como natural, toda exclusión y forma de dominación como su resultado más sólido e incorruptible y, finalmente, elevamos toda forma política al pedestal intocable de lo mítico. En este ambiente, corroído por la obediencia y saturado por la imitación de las formas, el sufrimiento no tiene lugar, otros mundos no son posibles, y toda diferencia es reconducida al modelo icónico que la adelgaza y finalmente la destruye. Estamos ante lo que Derrida llamaría la “metafísica de la presencia” y Deleuze una “dialéctica circular”, donde finalmente todo lo que se escribe y lee está ya ordenado, cuyo desenlace es fijado rígidamente, donde el escritor es simplemente una extensión pacífica (una máquina de Jacqard) del orden establecido. El libro de Ariadna Estévez no podría estar más alejado de esta actitud pasiva y complaciente que inunda nuestra literatura filosófico-política. Estamos ante un libro inscrito en el corazón de una tradición crítica, descolo nial y propositiva. Aquí debo enfatizar —prediciendo las reacciones de los escépticos-escolásticos— que la palabra crítica no significa “profetizar el de - sastre” o una “marejada histérica ante la realidad”, sino que quiere decir “al borde de la transición de un estado de cosas al otro”. “Crítica” implica que, parados ante el abismo aciago de un mundo sostenido por una intolerable injusticia, el lenguaje con el que nombramos y sentimos los contornos de la realidad tiene que ser reimaginado, reconstituido desde sus cimientos. La literatura auténticamente crítica no posee un amo a quien deba rendir tributo, y antes bien, libera todo significado, permitiéndonos ver los actos de violencia que se usan para fijarlos. La tradición verdaderamente crítica no pretende develar el “objeto puro” e inmaculado que yace inmóvil al final del túnel teórico. No pretende legitimarse a partir de una simple reconstrucción de sus valores internos. La teoría crítica somete cualquier “valor” a la posibilidad de ser reconfigurado por cualquier agencia, en cualquier escala empírica, con cualquier causalidad modal, dentro de cualquier estructura; es decir, lo único que procura defender es que el lenguaje y el conocimien to nos pertenecen a todos sin distinción alguna, sin ninguna jerarquía a priori que ordene sus usos y significados... * Autor de los libros Descolonizing Democracy Power in a Solid State (Rowman and Littlefield) y Teoría crítica constitucional; la democracia a la enésima potencia (Tirand lo Blanch); miembro del Caribbean Philosophical Association, asesor en The Conversation, Global Perspectives y columnista habitual de Critical Legal Thinking.

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