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Libros UNAM

El cine de autor

El cine de autor

 

ISBN: 9786073003728

Autor(es): Raúl Busteros

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Dirección General de Publicaciones

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

Special Price MXN$175

Precio Habitual: MXN$250

ISBN/ISSN 9786073003728
Entidad Académica Dirección General de Publicaciones
Edición o Número de Reimpresión primera edición, año de edición -2018-
Tema Cine y fotografía
Número de páginas 320
Tamaño 23 x 17 x 1.8
Terminado o acabado rústico
Idioma Español

Detalles

Los textos que integran este libro abordan el tema de la teoría del autor en el cine. Raúl Busteros, cineasta, autor de las películas Redondo, Tres historias de amor y de Otaola o la república del exilio, habla en su obra de diversos acontecimientos en el cine mexicano, de filmes y cineastas en particular y de una serie de sucesos y anécdotas que se derivan de su experiencia en la industria cinematográfica nacional.

Raúl Busteros

Director, productor y guionista de cine, egresado de la Facultad de Economía y del CUEC. Ha realizado los cortometrajes Casa de la cultura, Semana Santa en Santa Ana; los mediometrajes José y Tres historias de amor; y los largometrajes Redondo, Ariel de Plata por mejor Ópera Prima, y Otaloa o la república del exilio, seleccionada para representar a México en el vigésimo foro internacional de la Cineteca. Guionista del programa radiofónico Alrededor del cine de Radio UNAM.

UNO Hace mucho, cuando era niño, en un café vi a un señor sentado a su mesa, completamente solo y riendo a carcajadas... A mí me pareció muy bien, me gustó mucho. Hoy, yo soy ese señor y ésta es la historia. Los primeros síntomas Mi tío Paco, hermano de mi mamá, que era muy guapa, en cuanto pudo se compró un auto deportivo azul y blanco y una cámara de hacer fotos muy espectacular con muchos lentes. El coche para pasear a las muchachas y la cámara para pedirles que se quitaran la ropa y hacerles fotos, desnuditas. Mi tío también practicaba con las señoras la técnica al óleo, que tenía las ventajas y desventajas de convertir en horas los deliciosos instantes de una fotografía. Yo quería pedirle a mi tío que me invitara a verlo pintar, a poner las luces para sus fotografías, pero no lo hice. Quizá mi tío también quería invitarme pero la oportunidad se desvaneció bajo el humo de su pipa. Tonterías del miedo a la diferencia de la edad. Como mi tío no quiso estudiar, fue mi abuela, su madre, la que lo llevó con un maestro español exiliado, que era un reconocido retratista, para que lo enseñara a pintar y que le transmitió un imposible impresionismo sin luz que celebraba la tenebrosa penumbra, el espíritu melancólico y los tristes manchones de su tierra. En mi escuela había otro maestro retratista, también español, exiliado y de oscura paleta que en permanente estado de ebriedad me enseñó a dibujar. Yo lo admiraba mucho. Un día el maestro de dibujo le pidió a mi compañera Chelo que posara desnuda para él y el director lo regañó de manera humillante frente a toda la escuela. Yo me quedé con las ganas de ver el desnudo de Chelo, su blanquísima piel tocada mórbidamente por suaves tonos grises y violáceos, sus ojos brujos brillando y no me quedó la menor gana de escuchar una sola palabra más del señor director. Mi tío, decía, tenía un coche deportivo azul y blanco; cuando se sentía solo y despechado por su novia me llevaba con él y hacía pruebas de velocidad derrapando el coche en la sinuosa carretera del Desierto de los Leones. Luego me llevaba al cine. Un día fuimos a ver Blanca Nieves, de Walt Disney, a un cine decorado para niños con unos monigotes grandes e inexplicables que hacían pensar en el desfile del Tazón de las Rosas más que en los fantásticos cuentos de hadas. A mi tío le gustaba Blanca Nieves a pesar de estar destinado a Maléfica, y a mí Cam-panita, que por las noches me visitaba desnudita agitando sus alitas transparentes con encajes muy coquetos. Pero las películas que de verdad me empezaron a gustar las vi pocos años después, casi adolescente, en un pueblo muy hermoso en medio de la niebla y las montañas de un aromático bosque tropical. Eran películas populares del cine mexicano en blanco y negro, películas vistas de pie en el balcón del cine, con la niña que amaba sentada en las butacas para las personas de calidad y yo en el balcón tapanco; iba vestido de uniforme para ir al cine, botas vaqueras y una navaja relámpago en el bolsillo, rodeado de un ejército de valientes totonacos de calzón de manta y machete al cinto que, con la cabeza descubierta y sujetando el sombrero cuidadosamente contra su pecho, miraban con infinito respeto las películas que se servían proyectarnos. Así tuve la suerte de empezar a ver las películas de El látigo negro, que vestía todo de negro y sus ojos te miraban sin rostro detrás de su antifaz, así vestido, saltaba desde lo alto de una peña haciendo volar su capa cayendo montado y al galope. Con su látigo negro y su negro corcel defendía a los humildes de las malas personas, castigaba a los malandrines y era el implacable protector de todas las damas. También me gustaban mucho las películas del Santo con sus máquinas del futuro y los fantásticos inventos de las inteligencias de los científicos. Todos los científicos tenían hijas espectaculares que, siempre indefensas, requerían de la protección de torso desnudo del enmascarado de plata. Hijas de la ciencia, iban de minifalda y tenían unas piernototas. Mi grupo indígena del cine y su servidor nos poníamos muy serios, se hacía un silencio enérgico, ético, se cortaba el aire. Arriba en el cielo del cine se desataban formidables los demonios del deseo. Siendo más pequeño, mi madre enfermó y para mí era una suerte poco frecuente verla y que me llevara de paseo... Un día de esos la hice mi cómplice y le dije que había coleccionado las 25 tapas de caja de detergente y tenía derecho a una máscara del Santo; mi madre, contra su voluntad y principios morales, me llevó a la tiendita donde me hicieron bueno el canje, me puse la máscara conquistada como si hubiera debido nacer con ella, miré a mi madre con la profundidad de un héroe y vi en su doloroso rostro cómo se dibujó la imagen de la decepción. Ella lo podía llegar a admitir todo, pero estaba definitivamente en contra del héroe. Yo por mi lado quería ensancharme quirúrgicamente la nariz y hacerme una lipoinyección para ser panzón como mi modelo y tirarme de los balcones de las casas con mallas y zapatos de luchador. Ya el tiempo me daría la oportunidad de conocer a muchos luchadores de fantasía en el campo de los derechos del hombre, las libertades individuales y la justicia social, pero por ese entonces era Santo, el enmascarado de plata, el que me hacía soñar, y yo volaba flameando mi capa desde el tapanco del cine hasta la butaca de mi amada para decirle cerquitita al oído. SANTO Sígame, señorita Lulú, yo luego le explico, y tomándola de una de sus dulces manitas, la conducía lo más lejos, lo más solitario, a lo más oscuro posible... Con sólo verla me quedaba sin pensamientos; jamás imaginé que pudiera amar de esa manera y me descubrí excepcionalmente dotado para el amor bonito. Empecé a inventar injustas dificultades que se oponían a la consumación de nuestro amor y yo tenía que librar una lucha colosal contra esos peligrosos enemigos, siendo el mayor de todos enamorarme de mí mismo y olvidarme de mi amada Lulú. Mientras tanto, Tarzán hacía lo suyo y volaba de una liana a otra. RB Se las acomodan antes de la escena, le decía a mi amigo Mario Rueda que era el muchacho más ágil de la región, el más rápido, el máximo goleador, buen hijo, mejor hermano y gran amigo, pero yo era el portero titular del equipo precisamente porque me gustaba volar, y lo convencí de poner bejucos sujetos con ramas y volamos. También los piratas en sus películas volaban por los mástiles, usaban botas por encima de las rodillas y chaleco, manejaban la espada como samurais, tenían la bandera negra favorita de todos los niños y bebían muchísimo ron. Un día, años después, en Acapulco me hospedé con mi señora, casi una niña, en el hotel Flamingos, fui al bar y me encontré a Tarzán, que ya estaba mayor y todo lo miraba con nostalgia, hasta el mar. Nos tomamos como veinte martinis, lo dejé sumergido en sus... y me fui a ver a mi señora. Ella dormía y no la quise despertar, me recosté a su lado relajado escuchando el mar cuando de pronto se escuchó un prolongado grito: TARZÁN Ahahahahahah, cortado por golpes de gorila en el pecho como un tambor. TARZÁN Tun, tun, tun Mi bella durmiente se despertó, me miró con sus ojitos de la Europa Oriental. RAÚL Es Tarzán, ella me abrazó pero le dije: RAÚL Espérate, no ves que me está llamando, y fui. Las películas norteamericanas de vaqueros ya eran a color. Se veía la mugre del departamento de arte, utilería en tecnicolor, el color del cuero gastado, la pátina de las maderas de la cantina, el polvo de los huizaches y los ojos verdes de las comanches, su suave piel rojiza, su pelo azabache, sus falditas de tiritas y sus muslos de gran jefa pata deseable. Una comanche de trajecito de piel y ojos verdes, una extra que sabía montar, fue mi primer pin up inolvidable, la primera estrella de cine de la que me enamoré y quedé prendado, prendido con un alfiler.

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