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Libros UNAM

Aunque la casa se derrumbe

Aunque la casa se derrumbe

 

ISBN: 9786070298783

Autor(es): Felker, Ana Emilia

Editor/Coeditor/Dependencia Participante: Dirección de Literatura

Formato: Libro Impreso

Disponibilidad: En existencias

MXN$120
ISBN/ISSN 9786070298783
Entidad Académica Dirección de Literatura
Edición o Número de Reimpresión 1a edición, año de edición -2017-
Tema Literatura
Número de páginas 120
Tamaño 20 x 13.5 x .8
Terminado o acabado Rústico
Idioma Español
Contenido Ana Emilia Felker noviembre de 2017
Presentación 11
Liminales 13
Casete marca Tiempo 21
Balance de blancos 29
Las librerías de viejo serán de nuevo 35
Contagio 46
Películas de amor 57
Lo que pasa en casa 75
Masas (al borde de un ataque de nervios) 83
Se desfondan las cajas 88
Política ficción 99
Manifiesto de las perras callejeras 112

Detalles

Los textos de Ana Emilia Felker conducen por un singular viaje del paisaje exterior al interior. Aunque la autora se propone apoderarse de la calle, como advierte en el prólogo, en realidad desciende a las profundidades de sí misma. Una fotografía del Subcomandante Marcos pegada en un muro de la infancia revela la historia de una niña con precoz conciencia política; un recuento de múltiples mudanzas narra su necesaria transformación en una adulta desapegada que, sin embargo, lleva consigo una compleja maleta donde caben Nietzsche, Freud, Bradbury y los afectos familiares. La calle aparece, por supuesto, en estas páginas, escritas con las requeridas dosis de curiosidad e intromisión. Entre lo público y lo íntimo, la banqueta y la alcoba, la escritura de Ana Emilia Felker funciona como un preciso engranaje que nos permite asimilar la más importante lección urbana: aunque la casa se derrumbe, siempre tendremos andamiajes invisibles que nos permitirán reconstruirnos.

Felker, Ana Emilia

(Ciudad de México, 1986). Estudió. Periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y cursó el Programa de Estudios Independientes del Museu d'Art Contemporani de Barcelona. Ha colaborado en medios nacionales e internacionales, y obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 2015 en Crónica. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la categoría de Ensayo. Actualmente realiza el doctorado en Estudios Hispánicos y Escritura Creativa en la Universidad de Houston.

A veces algo se enuncia a través nuestro como diciéndose sin querer. Estos textos buscaban ser otros, pero se encontraron a sí mismos. Escribí salvoconductos, pretextos para platicar con la gente. Me encontré con los valedores, un grupo de hombres en situación de calle que no sólo están preparándose para jugar fútbol contra sus pares en Europa, sino que consideran que la moda callejera en México es la más nais del mundo. Como ellos, deseaba construirme una habitación abierta, allanar edificios, apoderarme de las calles, renombradas para sentirme segura caminando por la noche. El título del libro surgió de una frase de Ernesto Sabato que, tachando su binarismo genérico, se me grabó por muchos años en la cabeza. Y ahora me resuena profundamente estoica; en el limbo entre recuperar el hogar perdido y encontrarse con los otros cuando los muros se caen. Asumir los derrumbes familiares, aceptar el fin de las cosas, dejar de abusar de esa droga llamada spleen y seguir adelante. Sobre la importancia de hacer hogar en la calle, recuerdo la descripción de Elias Canetti de una comida familiar como el momento en que una tribu distribuye el botín. El tenedor y el cuchillo que despedazan la carne son también un símbolo amenazante para los propios miembros del clan. De acabarse la comida, se acabaría también la tregua, la propiedad privada, la sonrisa mostraría los colmillos y nos devoraríamos los unos a los otros. Por eso atemorizan los muros, las calles oscuras junto a fraccionamientos privados donde no hay una ventana, sólo pared y más pared y cámaras y el peatón se siente como en toque de queda. Después vino el terremoto y cualquier alusión a derrumbe, muro, casa, adquirió otro significado. Las palabras se volvieron premonitorias y dolorosas. Pero también se abrió el encierro que aloja al miedo, la gente durmió en la calle, conoció al vecino, compartió la comida. Quizá entendimos que el derrumbe se lleva a cuestas y vivir es remover escombros de mano en mano.

Aunque la casa se derrumbe

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